La idea de Universidad

Newman revisitado

Jean-Robert Armoghate*

Entre los libros del Cardenal Newman, La idea de Universidad es el que ha conocido el mayor número de ediciones y de traducciones[1].  Como muchos escritos de Newman, La idea de Universidad es más un título que un contenido, y raros son quienes lo citan habiéndolo leído. Sin embargo sirve de referencia, un siglo y medio después de su publicación.

La idea de Universidad plantea tres tipos de problemas: a) Un problema textual, que no abordaremos (algunas conferencias no fueron pronunciadas jamás, y Newman cambió su organización en vista a diferentes reediciones); b) las circunstancias históricas de su composición, que merecen ser brevemente recordadas y son necesarias para la justa evaluación de su obra[2]; c) el contenido mismo de la obra que pide una reflexión sobre las partes con actualidad y las partes perimidas, sobre lo que constituye un aporte decisivo a la idea de universidad y lo que es puramente coyuntural. La obra es compuesta, su  historia textual está hecha de adiciones y arrepentimientos- pero sobretodo, fundamentalmente, el malentendido trágico sobre el que descansaba el proyecto irlandés de universidad católica ha acarreado una constante distorsión del discurso newmaniano. Desde la génesis de este proyecto, el arzobispo de Armagh, Mgr. Cullen, había pedido a Newman pronunciar conferencias, con el objetivo de descalificar las universidades  mixtas (es decir no confesionales) establecidas por los ingleses.

El contexto histórico

 

Resulta indispensable recordar primero las circunstancias que condujeron a Newman a pronunciar estas conferencias (o a escribirlas para aquellas que no fueron pronunciadas) en 1851.Conviene pues recordar que una parte de la enseñanza superior permaneció confesional en Gran Bretaña hasta 1871[3]: la obtención de un Master’s Degree (MD) en Oxford, Cambridge o Durham dependía de la adhesión a XXXIX Artículos de la Iglesia de Inglaterra: católicos (romanos) y dissenters (de confesiones protestantes distintas del anglicanismo), sin contar los no cristianos, debían o bien renunciar a seguir una educación superior en estos lugares de excelencia o bien declararse anglicanos para recibir su grado. Consciente de las dificultades, el gobierno de Sir Robert Peel había creado para la Universities Ireland Act de 1845 dos (después tres) “Colegios de la Reina” y la “Universidad de la Reina” (Queen University, en Dublin), abiertos, sin discriminación religiosa (non denominational). El episcopado católico irlandés se dividió sobre la conducta a seguir: ¿era necesario aceptarlos y, cercándolos  y asistiendo masivamente, crear establecimientos mayoritariamente católicos (era la opinión del arzobispo de Dublin)? ¿ O bien convenía rechazarlos y organizar una Universidad católica autónoma, lo que preconizaba el arzobispo de Armagh, Mgr Cullen (1803-1878)?

Con un voto de mayoría, el Sínodo de Thurles (1850) se inclinó por la segunda solución – y se llamó a Newman como Rector de esta nueva institución  creada (instalada en Dublín, precisamente en la diócesis en la cual el obispo se oponía a esta creación…) La muerte del arzobispo de Dublín y el traspaso a esa sede de Mgr.Cullen aceleraron el proceso: la Universidad abrió en 1854, aprobada con entusiasmo por Pio IX en muchos documentos (entre ellos la Encíclica Optime Noscitis del 20 de marzo de 1854). Newman llegó a darse cuenta del gran malentendido entre Paul Cullen (que llegó a ser arzobispo de Dublín en 1852 y cardenal en 1866) y él: renunció a sus funciones en 1857. Rehén en las divisiones del episcopado irlandés, soñaba con un Oxford humanista y católico, mientras los obispos –y la opinión irlandesa- querían promover a los estudiantes de clases medias en los cursos profesionales (derecho y medicina). Las conferencias que pronunció para apoyar la fundación de la Universidad  permanecen como su mayor contribución al proyecto (con la iglesia de St Stephen Green, que confió a su amigo el arquitecto John H. Pollen [4]).

  

El saber es su propio fin

  

Visión de un espíritu superior, admirablemente formado en las humanidades clásicas, La idea de Universidad no es utópica: contiene elementos de programa que guardan hoy día toda su validez. El principio básico que Newman toma de Cicerón[5] es:  “el saber debe ser su propio fin” (es el título de la Quinta Conferencia: Knowledge Its Own End). Resulta fácil aprobar y lamentar la profesionalización prematura de ciertas fuentes de enseñanza superior. Pero este axioma pudo ser cuestionado desde otro punto de vista: ¿el saber da lugar a la poesía, al arte (y a su historia)? ¿el razonamiento no es estéril? Newman mismo reconoce el peligro:

“¡Ay! ¡Qué hacemos a lo largo de nuestra vida, por necesidad o por deber a la vez, sino desatender la poesía del mundo y asentir a su costado prosaico! Ésta es la educación que recibimos de chicos y como hombres, en los actos de nuestra vida y en el lugar de trabajo o la biblioteca, en nuestras afecciones,  nuestras intenciones, nuestras esperanzas y recuerdos” (II, iv, 1).

La historia del arte (y de la música), la antropología, las neurociencias, el psicoanálisis y la psiquiatría han adquirido derecho de ciudadanía en las disciplinas universitarias, Pero si la formación del saber ha cambiado, las mismas cualidades de razonamiento de inducción y de deducción se  aplican hoy a nuevos campos disciplinarios, alargando el círculo luminoso de los conocimientos, lo que es precisamente el rol de la universidad.

Rechazando a los autores escoceses por su utilitarismo, Newman va hasta negar que el progreso científico pueda ser el verdadero y último fin de la universidad; tiene razón en el sentido literal de esta proposición: el saber es ciertamente este fin, pero las mejores universidades son aquellas en que es más viva la investigación avanzada. La separación entre las universidades y las academias (en los antiguos países del Este) o los centros para la investigación científica (en muchos países occidentales) se ha mostrado nefasta para la universidad –y es, en el segundo caso,  la razón de ser de las “unidades mixtas” (universidad-CNRS) a saber, el permitir la penetración de la investigación en la universidad.

La enseñanza de la religión.

¿Y qué pasa con la teología? La palabra recibe diferentes sentidos en Newman. En el contexto de la enseñanza universitaria, Newman precisa bien (es un punto debatido con los obispos irlandeses) que la universidad no es “ni un convento, ni un seminario”(I,ix,8), me parece que hay que atender a lo que se llamará un poco más tarde las ciencias religiosas[6]. Tratándose de una Universidad Católica, Newman propone incluir en la currícula  la enseñanza de la religión; pero él precisa bien:

            “Excluiría en las facultades seculares la enseñanza del dogma puro, y me contentaría con imponer un amplio conocimiento de aspectos doctrinales, tal como se los encuentra en los catecismos de la Iglesia o en los apreciables escritos de sus miembros laicos” (II,iv,4-3). Propone en realidad dos cosas distintas: una enseñanza de la religión, necesaria a los jóvenes católicos que frecuentan la Universidad católica, y   una enseñanza que llamaríamos hoy en día del hecho religioso en todas las disciplinas (literarias)[7].

Este segundo punto fue ignorado en Francia durante mucho tiempo y el informe de Régis Debray Sobre la enseñanza del hecho religioso en la escuela laica (2002) señaló  el vacío y se propuso remediarlo.En efecto, desde hace muchos decenios, el cerrojo “laico” se había quebrado (no funcionó) en Francia, donde la enseñanza de las doctrinas, de la historia bíblica, de la exégesis y de la lenguas sagradas pertenece perfectamente al dominio de la Universidad. Una cátedra de historia de las religiones fue creada en el Collège de France en 1879, seguida de la sección de ciencias religiosas en la Escuela Práctica de Altos Estudios en 1886, pero este hecho no se limitó sólo a los grandes establecimientos o al C.N.R.S:  Henri-Irénée Marrou enseña en la Sorbona, desde 1945, Historia antigua del cristianismo y cuenta con numerosos discípulos[8]. La carrera de historia incluye desde hace mucho tiempo la  historia religiosa en sus programas, Francisco de Sales y Bossuet han integrado los manuales de historia literaria, y San Agustín (2005[9], 2013), Santo Tomás de Aquino (2004, 2010) y San Anselmo figuran en los programas de la carrera de filosofía de estos últimos años.

En Francia, una mayoría anticlerical hace causa común con la oposición de los obispos[10] respecto a la Facultad de teología de la Universidad de Paris para ponerle fin (1885), ésta ya estaba herida de muerte por la creación del Instituto católico en 1875. No se ve cómo,  en efecto, los obispos  habrían podido aceptar que la teología católica, cuya enseñanza, sancionada por grados canónicos(regulada canónicamente), en vistas a la formación del clero, fuera enseñada fuera de su control; hasta hoy en día, un juramento de fidelidad es exigido a los clérigos que enseñan las disciplinas eclesiásticas. La creación en Paris, por el cardenal Lustiger, de la Escuela Catedral (1984)[11], erigida en Facultad canónica al lado de las Facultades del Instituto católico y de las Facultades jesuitas del Centre Sèvres (1932[12]), muestra con amplitud la complejidad del problema: fuera de numerosos cursos ofrecidos por los establecimientos públicos de enseñanza superior, las ciencias sagradas son enseñadas en Paris en estos tres lugares canónicos[13] .

Para concluir la relación entre la universidad y la Iglesia, hay que recordar que las Universidades han sido creadas en su mayoría en contra del poder episcopal (Bolonia, Montpellier y Oxford no han nacido de escuelas catedralicias; Oxford y Montpellier, como más tarde Cambridge, dependían de sedes episcopales lejanas, Lincoln, Maguelonne, Ely[14]) : al obispo, doctor en la fe en su diócesis[15], las universidades opusieron el poder de los teólogos. En los siglos XVI y XVII, Lovaina, Paris y Salamanca hacen frente al magisterio romano y al de los obispos diocesanos.

La Misión de la Universidad

 

En general, Newman pone el acento sobre la misión de enseñanza de la universidad: con respecto a esto insiste en la tarea de los que enseñan y su responsabilidad frente a los estudiantes. Muy a menudo, los teóricos de la Universidad piensan en términos de doctorandos, de estudiantes avanzados. Pero Newman conoce bien que la masa de estudiantes son estudiantes del primer ciclo, recién salidos de la escuela secundaria[16]. Dos peligros los acechan: ser precipitados inmediatamente en estudios cortos, una especialización profesional rápida –que tiene la ventaja de ofrecer posibilidades de empleo- o una suerte de parking cultural, rechazando la experiencia del desempleo (aligerando de paso las estadísticas oficiales) y no desembocando, sobre todo en las ciencias sociales, en ningún diploma que califique.

A primera vista, el ideal newmaniano concierne a una élite – a semejanza de  los colegios oxonianos, de los que siente nostalgia-  mientras que la Universidad de Dublín se dirigía a una clase media y debía, en el espíritu de los obispos fundadores, ser un factor de ascensión socio-profesional. Ya que la universidad tiene deberes hacia la sociedad, algunas expresiones de Newman podrían hacer pensar que él consideraba que “la formación de la inteligencia, que es la mejor para el individuo considerado en sí mismo, es también aquella que lo pone en camino de cumplir sus deberes para con la sociedad” (I,vii, 10), y esto a expensas de los deberes que la universidad, como institución, debía asumir hacia la sociedad, local, regional e internacional. ¿Se trata solamente de formar gentlemen? De hecho, Newman subraya, aquí y en otras partes, lo que la Universidad de Dublín aporta a toda Irlanda: la institución es mirada en su dimensión nacional. Sería conveniente, hoy en día, agregar la dimensión internacional, por el aprendizaje de lenguas y la movilidad de los que enseñan y estudian[17] .

La relación de la universidad con la sociedad conduce necesariamente a preguntarse sobre la profesionalización. Se sabe que Newman, estudiando las relaciones del saber con la habilidad profesional (professional skill) rechaza que la utilidad sea el fin primordial de los estudios. El debate estaba todavía vivo, en su tiempo, entre una concepción utilitarista (apoyada por la autoridad de Locke) y una concepción “liberal”; no estoy seguro de que ese debate sea actual: en la mayoría de las universidades europeas, los primeros años, frecuentemente considerados como los años de propedéutica, ofrecen a los estudiantes un amplio panorama y el aprendizaje de métodos y reglas necesarias para continuar sus estudios. A menudo se ha simplificado el pensamiento de Newman y es necesario precisarlo:

“Cuando yo digo que el derecho o la medicina no son el fin de un curso universitario, no entiendo que la universidad no deba enseñar derecho o medicina. ¿Qué otra cosa podría enseñar si no enseñara disciplinas particulares? Es enseñando cada rama del saber, y no de otro modo, que enseña todo el saber. Pretendo simplemente señalar que hay una diferencia entre el profesor de derecho, de medicina, de geología o de economía que enseña en una universidad y aquel que enseña fuera de la universidad. Fuera de la universidad, el profesor está expuesto a dejarse absorber y encerrar en su especialidad y a no brindar más que cursos de legista, de médico, de geólogo o de economista. En la universidad, al contrario, el profesor está constreñido a determinar con mayor precisión su posición y la de su especialidad. Ahí, si puedo afirmarlo, aborda su ciencia como el que llega desde una cierta altura. Abarca con una mirada circular el conjunto del saber. La competencia que traban con su ciencia otras disciplinas lo preservan de toda extravagancia. Estas otras disciplinas no están allí, por otra parte, ociosamente. Todo esto le permite manejar su propia especialidad en una perspectiva filosófica y con una riqueza de medios que le llega más de su educación liberal que de su especialidad” (I, vii , 6).

Queda claro que el encuentro de las disciplinas permite a cada disciplina dar sus frutos y, en este sentido, el esfuerzo considerable de entrecruzamiento interdisciplinar llevado a cabo desde hace decenios responde a esta preocupación –que ha llegado a ser una necesidad en numerosos dominios de las ciencias exactas, donde matemáticos, físicos, químicos, biólogos trabajan en equipos comunes, que deben muchas veces recurrir a juristas y sociólogos.

La universidad expande además su acogida: por una parte, por la formación permanente: no es más exclusivamente un lugar de formación inicial para la gente joven; por otra parte, por su interés por las empresas: el acercamiento entre las universidades y el tejido social de las empresas (dicho de otro modo: la inserción de la universidad en su fuente de empleo y de producción) debió sobrellevar en Francia la desconfianza recíproca del mundo de la enseñanza y de los emprendedores, pero comienza a funcionar, sobretodo en el aspecto de los títulos.

Otras misiones de la universidad: preservar el saber y difundirlo.

 

En sus conferencias de 1856, publicadas entre las dos series de conferencias reunidas en la idea de Universidad, Newman opone, en la organización de la Biblioteca de Alejandría, “el genio viviente” de la Universidad al “genio embalsamado”  de la Biblioteca. Releyendo a Newman , Jaroslav  Pelikan[18] pone de manifiesto lo que Newman debe a la erudición del “genio embalsamado” custodiado en las bibliotecas que ha frecuentado , y subraya que la conservación de saberes es una de las tareas de la Universidad, junto con su transmisión y difusión. El apotegma de Thomas Carlyle (“la verdadera Universidad de hoy día es una colección de libros”[19]) es excesivo, pero conviene, quizás hoy más que ayer, recordar que las ciencias humanas tienen necesidad de libros –y no solamente de información “gris” o electrónica, y de museos,  y de todo lo que permita conservar la huella de los saberes adquiridos previamente.

Asimismo Newman subvalora la necesidad de difusión del saber. También aquí, la ley de la evaluación conduce al formidable axioma: publish or perish! y muchos trabajos publicados habrían ganado permaneciendo virtuales[20]. Pero la comunicación es esencial en la comunidad científica, sólo ella permite fecundar los descubrimientos, verificar los resultados, hacer progresar los diferentes dominios. El mundo científico no se defiende mal, sin embargo, y ha puesto en marcha procedimientos que permiten clasificar las revistas y filtrar las publicaciones.

Repasar Newman

 

Un importante profesor universitario norteamericano, Jaroslav Pelikan (1923-2006), propuso una crítica constructiva del sistema universitario (norteamericano) reexaminando el libro de Newman. Su lectura me ha inspirado muchas de las observaciones que preceden. Para finalizar, me parece necesario no solamente reexaminar, sino más bien reevaluar las propuestas de Newman.

Lo que él llama educación liberal, en efecto,  y que opone a una educación utilitaria, debe ciertamente estar en el corazón de toda visión moderna de la enseñanza (¡sea superior, elemental o secundaria!). La educación liberal proporciona el habitus del sentido crítico (I, v, 6), el saber liberal al cual se refiere Newman es un saber-saber, un arte de bien disponer el espíritu al acto de saber. El fin de la universidad, dice Newman, “es la reflexión o la razón ejercida sobre el conocimiento: lo que se puede llamar, en otros términos, la filosofía” (I, vi, 7). Difícil expresarlo mejor.

Uno puede interrogarse sobre el fin de la sexta conferencia. La reflexión nace del reencuentro de las personas,y Newman propone, con un apólogo, un elogio a la enseñanza mutua(I, vi, 9), la cual ha mostrado sus limitaciones. Quiere despedir al “propagandista del saber” para dejar a los estudiantes librados a sí mismos (“es mejor ser un autodidacta de cualquier especie,  que un ser formado por un sistema que, de tanto instruir, aporta poco al espíritu”Ibid.). Llegando casi al extremo de la paradoja, Newman reconoce que “son raros quienes pueden prescindir del apoyo de un instructor” (…) y “más raros los que librados a su propia iniciativa obtendrán de este hecho alguna ganancia”, ”obstáculo serio en el camino de la verdad”. El retrato de estos raros productos ideales (¿habrá solamente uno?) no es entusiasmante:   “Sólo contará para ellos su manera personal de ver las  cosas; no aceptarán fácilmente que se los aparte y serán lentos para entrar en los puntos de vista de otro”. Y sin embargo Newman se apasiona reconociendo que  “sobrepasa  los límites permitidos”:

“Poseerán más ideas, más inteligencia, más filosofía, una expansión más auténtica que esa gente seria pero un poco abusada, forzada a llenar sus meninges con veinte contenidos para rendir un examen…”.

Posiblemente es más exacto (y más prudente) considerar, con Jaroslav Pelikan (p.61), que un estudiante de primer ciclo, hablando en general, obtiene su saber en un tercio de sus profesores, el otro de sus camaradas y el otro tercio de él mismo, en la biblioteca o en el laboratorio… Además se releen con satisfacción las bellas páginas donde Newman habla de la frialdad de una universidad donde se instruye solamente, o afirma que “la Iglesia no teme a ningún saber, pero purifica todo, no reprime ningún elemento de nuestra naturaleza, pero cultiva el conjunto” (II, ix, 8).

Como puro producto de Oxford, obligado a una tarea de fundador (“an anxious and momentous task[21]) que no deseó, Newman  ha soñado la Universidad que él hubiera querido fundar, presentando la que él iba a fundar y gobernar. La Idea de Universidad sufre esta permanente diferenciaciónentre Atenas –la Universidad ideal- y Dublín.

                                                           Traducción: Cristina Corti Maderna

  

*Jean-Robert Armoghate (1947), sacerdote de París, enseñó historia de las ideas religiosas y científicas en la Ëcole pratique des hautes études (París) de 1970 a 2012. El fruto de sus cuarenta años de enseñanza ha sido publicado en 2012 (Brepols). Pertenece al comité de redacción y preside la Asociación Communiofrancófona.

1. En primer lugar la publicada en 1852 y 1858. La mejor edición es la que está prologada y anotada por  I.T. Ker, Oxford, 1976. Las conferencias de 1852, traducidas por E.Robillard y M.Labelle en 1967 han sido reeditadas en 2007 (Ad Solem, Ginebra); la segunda parte (las disciplinas universitarias), conferencias publicadas en 1858) ha sido traducida por M.-J. Bouts y Y.Hilaire en Presses universitaires du Septentrion, Villeneuve d’ Ascq, 1997. Citamos estas traducciones (I para las conferencias de 1852, seguido del número de la conferencia y de &; II para aquellas de 1858). También hay que utilizar los diez artículos publicados por Newman con el título Rise and Progress of Universities en el t. 3 de Historical Sketches (1872), y el volumen XVI de Letters and Diaries, Londres, 1965.

2. Colin Barr, Paul Cullen, John Henry Newman, and the Catholic University of Ireland, 1845-1865 , University of Notre Dame Press,2003.

[3] . La abolición de las Universities Tests (por las Universities  Tests Act)  no alcanzaba la colación de grados en teología y las cátedras de teología y hebreo, reservadas al clero anglicano; no alcanzaba sino a los colegios existentes a la fecha de 16 de Julio de 1871, sin prejuzgar sobre los colegios creados a continuación.

[4] . Ver la entusiasta descripción de Louis Bouyer,  Newman, Paris, 1952, p. 395.

[5] . Cicerón, De officis I,6 (pero una referencia a Aristóteles,  Metafísica, I,1,2, 980a ó 982b, es más pertinente todavía)

[6]. Sobre la enseñanza de las ciencias religiosas en Francia, ver los trabajos de François Laplanche y de Ëmile Poulat y el artículo muy bien informado de Michel Despland. Las ciencias religiosas en Francia, ciencias que se practican, pero que no se enseñan, Archives de Sciences  sociales des Religions,2001, 116 , p.5-25.

[7] “Trataría el tema de la religión en la Facultad de Filosofía y Letras simplemente como una rama del conocimiento”(II, iv, 4-2).

[8] . Convendría también mencionar el Instituto europeo en ciencias de las religiones, creado en 2002 por  iniciativa de Régis Debray (Sur l’enseignement du fait réligieux dans l’école laïque, informe 2002), especialmente orientado a la formación de maestros.

[9] . Prueba escrita de historia de la filosofía: Las Confesiones, La Ciudad de Dios, La Trinidad.

[10].Todavía más que de Roma: ver el libro de Bruno Neveu, Les facultés de théologie catholique de l’Université de France, Paris, 1998.

[11] . Que comprende la Facultad de teología de Notre- Dame (1999). Un Instituto privado superior de cristianismo fue declarado en julio de 2005.

[12] . Nacidas de la reunión en 1974 de la Facultad de teología de Lyon-Fourvière y de la Facultad de filosofía de Chantilly.

[13] . Ver sobre todo esto el libro dirigido por Michel Deneken y Francis Messner, La théologie à l’Université. Statut, programmes et évolutions,Labor et Fides, Ginebra, 2009.

[14] . Ver para todo esto Bruno Neveu, Ibid., p.23-36 y el artículo de Mgr Ferme en Communio (francesa) 2013, 1.

[15] . Ver  “La autoridad del Obispo”, Communio (francesa)1980, 5.

[16] . En Francia, 2004-2005,  sobre 1.430.000 estudiantes, 1.189.900 están inscriptos en el primer o segundo ciclo (Bac+5).

[17]  En Francia, un estudiante del tercer ciclo sobre cuatro es extranjero.

[18] . J.Pelikan,  The idea of the University. A Reexamination, Yale University Press, 1992.

[19] . “The true University of these days is a Collection of books”, 19 de mayo de 1840, en Lectures…, ed.P.C.Parr, Oxford 1920, p.V (citado por J.Pelikan, p.12).

[20] . “Si se puede perdonar la salida de un mal libro, / es sólo a los desdichados que producen para vivir”Molière, Le misanthrope, acto I, escena 2.

[21] . Newman, Rise and progress of Universities, Introductory (ed. 1899, p. I).

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