2025 EneroAño 32

Conversación sobre el bautismo

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Erik Varden ocso — Nacido en Noruega en 1974, de padres agnósticos. Estudios en Cambridge, París y Roma. Monje cisterciense (2002); obispo de Trondheim (2019); presidente de la Conferencia episcopal escandinava (2024).
Tibor Görfol — Nacido en Hungría en 1976. Doctor en Teología y profesor de Filosofía de la Universidad de Pécs, del Colegio Teológico San Atanasio y de la Universidad Católica de Hungría. Miembro del consejo editorial húngaro de Communio.

Parece que hoy en día podemos observar en muchos países una disminución del número de bautismos de niños y, en algunos países, como en Francia, un aumento del número de bautismos de adultos. Parece que esto tiene algo que ver con el bautismo como decisión libre de la persona humana. ¿Cómo valora esta situación de que cada vez más personas adultas empiecen a pedir el bautismo? ¿Y cómo es la situación en Escandinavia y en Noruega?

Bueno, obviamente es algo muy positivo que los adultos, por propia elección, busquen el bautismo, conscientes de la gracia que se encuentra en ese gran sacramento. En cuanto al hecho de que los bautismos de niños estén disminuyendo en número, en cierto modo es lógico dado el declive de la práctica. Por supuesto, eso es una tristeza, porque uno es consciente de que los niños crecen sin esa brújula interior que el bautismo magnetiza, sin esa fuente de gracia, alegría y libertad que es el bautismo. Por lo tanto, es aún más importante proporcionar entornos vibrantes que hagan que la fe esté presente de manera creíble en las sociedades, y asumir plenamente nuestra tarea y misión como testigos. En cuanto a la situación en Noruega, creo que refleja la de Europa occidental en su conjunto. Hay en todas partes un marcado descenso en los bautismos de niños, pero aquí, en Noruega, también vemos un goteo de adultos jóvenes y no tan jóvenes que llegan a la fe, a veces desde un entorno cristiano residual, habiendo sido bautizados de niños, otras veces desde absolutamente nada.

Creo que lo importante es recordar que el bautismo, como todos los sacramentos, es un canal seguro de gracia, y no quisiéramos ser privados de ese canal, pero la gracia también actúa libremente más allá de cualquier parámetro. Creo que la gran tarea en estos tiempos es ver dónde está actuando la gracia y colaborar con ella, ciertamente no interponernos en su camino.

Para muchas personas adultas es muy fácil olvidarse de su bautismo. El bautismo es una tradición noble y un acontecimiento simbólico que puede resultar interesante e importante para la gente, pero después se olvidan de él, sobre todo si fueron bautizados siendo niños. ¿Cree usted, como obispo y como sacerdote, que las condiciones del bautismo deberían ser más estrictas en la Iglesia, o debería ser simplemente una opción general e incondicional?

Bueno, obviamente, nunca han estado disponibles de manera incondicional, porque siempre se presupone un catecumenado y una formación y lo que los Padres llamaban una mistagogia: una introducción gradual en el misterio. Me parece que la gente que busca el bautismo busca esa formación, tiene hambre de ella. Por eso yo hablaría menos en términos de poner mayores barreras, y más en términos de un compromiso de compartir toda la riqueza que el sacramento contiene y conlleva, en términos de educación y catecismo, y en términos de una participación real en la asamblea litúrgica y de integración de las personas en la vida caritativa y social de la Iglesia. Siempre debemos ser conscientes de que convertirse en parte del Cuerpo Místico es también convertirse en parte de un cuerpo concreto.

En su último libro, que trata sobre la castidad, usted habla extensamente del drama de la vida cristiana, también relacionado con el bautismo, del cambio y la transformación que experimentan las personas después de ser bautizadas. En este contexto, de manera bastante sorprendente, usted también hace referencia a una antigua prueba siríaca, la Cueva de los Tesoros; hay una larga sección en el libro sobre eso. ¿Cómo podría describir la transformación o el drama de la vida cristiana que resulta del bautismo en términos de experiencia y en términos de una transformación interior de la persona humana?

Bueno, obviamente, una perspectiva sacramental es lo opuesto a una perspectiva determinista. Por lo tanto, no hay una trayectoria fija o estándar. El Espíritu sopla dónde quiere y cómo quiere. Es un gran privilegio y una alegría para cualquier pastor ver la multiplicidad de manifestaciones de la gracia sacramental en las vidas de las personas. Por lo tanto, yo sería cauteloso al tratar de delinear, por así decirlo, una experiencia estandarizada porque no creo que exista. Lo maravilloso de los sacramentos es su bendita objetividad: el hecho de que tenemos la seguridad de que confieren la gracia para la que fueron creados, sintamos algo o no. Por lo tanto, en todo caso, en estos tiempos en que estamos tan obsesionados con lo que sentimos y lo que experimentamos y cómo lo experimentamos, es importante catequética y teológicamente enfatizar ese aspecto trascendente que no depende del sentimiento.

En mi experiencia, pastoral y humana, esto supone de hecho una gran liberación para muchas personas, a la vez que invita a la gente a consentir la realización de la gracia implantada en ellas como potencial. Recordarán también un texto bautismal siríaco que cito en ese mismo libro, un texto que me parece sencillamente fantástico. Pienso en él casi todos los días. Es un texto litúrgico, una bendición sobre el cristiano recién bautizado que sale del baptisterio:

«¡Oh hermano! Canta alabanzas al Hijo del Señor de todo, que ha hecho para ti una corona más deseable que la de cualquier rey. Brillante es tu vestido, hermano, como el sol; y tu rostro resplandece como el de un ángel. Como un ángel te levantaste, amado, del baptisterio por el poder del Espíritu Santo. Hermano: se te ha concedido el acceso a la cámara nupcial. Hoy te has revestido de nuevo con la gloria de Adán. Tus vestidos son hermosos, tu corona preciosa. Por el ministerio de su sacerdote, el Primogénito los ha preparado para ti. El fruto que Adán no probó en el Paraíso ha sido puesto, hoy, en tu boca. Ve en paz, hijo del baptisterio. ¡Adora la Cruz! Ella te preservará».

¡Ojalá tuviéramos la más mínima idea de lo que ya se nos ha dado y dejáramos que esa semilla de gracia creciera! No en vano el Evangelio está lleno de parábolas agrícolas. Lo que importa es cultivar la conciencia de lo que se ha recibido, se sienta o no; luego fortalecer y consolidar la determinación de dejar que ese potencial se realice, y después abrir a las personas a una transformación de la experiencia, según el plan providencial de Dios para cada uno, preparándolas para ser sorprendidas.

En su entorno más o menos protestante, el escandinavo, ¿no se vive esto con más fuerza? Cuando usted habla de esta objetividad de la gracia y de la objetividad de los sacramentos, ¿no es difícil hacerse entender en este ambiente?

No, en todo caso, encuentro que la gente está buscando eso y se sienten aliviados de encontrarlo y de encontrarse con el misterio como algo que es real en sí mismo, y que no depende de una proyección emocional.

Creo que, para la mayoría de las personas, sea que provengan de un entorno no religioso o de un entorno residual, o incluso de un entorno protestante muy ferviente, el hecho de poder descansar en la vida sacramental de la Iglesia y de liberarse de esa necesidad sentida de actuar subjetivamente, es algo que muchos aceptan con gran gratitud.

También le preguntan muy a menudo sobre su historia y antecedentes protestantes personales.

Bueno, repito, no había mucha historia allí. Me bautizaron cuando era un bebé y estoy agradecido por eso, de modo que en una etapa posterior de mi vida, la gracia tuvo algún tipo de punto de apoyo por el cual acceder. Estoy agradecido de haber recibido eso, y trato de recordar de vez en cuando de orar por el pastor que me bautizó. Debemos tener cuidado de no excluir a nadie de esta fuente de gracia.

En su libro «Entrando en el doble misterio», usted habla de la realidad y el proceso de entrar en el cuerpo de Cristo en relación con el bautismo. Ya se ha referido a ello, pero ¿cuál es la esencia de este proceso de entrar en el Cuerpo de Cristo? ¿Qué significa realmente convertirse en parte del Cuerpo de Cristo? Uno no se convierte simplemente en miembro de la Iglesia en un sentido institucional.

Por eso, la noción de la que hablamos antes, mistagogia, es un término tan útil, un término que hay que explicar a la gente si suena un poco extraño, porque significa precisamente eso: una entrada en el misterio, el misterio no sólo como un enigma nocional, sino como un misterio personal, como el acontecimiento del Emmanuel, de Dios con nosotros. Habla de estar, en términos paulinos, injertado en el cuerpo y convertirse en miembro de ese cuerpo, lo que nos permite empezar a descubrir lo que podría significar vivir en Cristo. Esta expresión paulina clave es una declaración dimensional tan crucial, un paradigma de la vida cristiana.

Es esencial insistir en el bautismo como una inserción íntima y personal en el misterio personal de Cristo, insistiendo al mismo tiempo en que esa inserción, precisamente, no se limita a un aspecto subjetivo y experiencial, sino que también tiene un aspecto jurídico en el derecho canónico. Recuerdo que una vez asistí a una ceremonia de recepción en la Iglesia cuando era estudiante. Cuando el sacerdote había realizado debidamente todos los ritos y la persona fue recibida y confirmada, dijo alegremente: «bien, eso es todo, siempre serás católico; la única otra cosa que puedes ser ahora es un católico no practicante». El hecho es que sucede algo, tanto ontológica como jurídicamente, que me define de una manera nueva en términos de mi relación con este cuerpo personal y colectivo. Por lo tanto, siempre es importante asegurarse de que mantenemos juntas esas dimensiones, lo cual es un desafío en nuestros tiempos, porque nadie parece tener la menor inclinación a mantener más de un pensamiento en la conciencia en un momento dado.

Pero ¿qué significa vivir en Cristo? Suena muy hermoso para mucha gente, pero cuando hay que determinar cuál es el contenido de este término, ¿cómo se puede definir?

No puedo definirlo, porque es inefable por naturaleza. Puedo indicarlo señalando la fisonomía y la personalidad de Cristo tal como se nos revela en la Escritura, en los Evangelios y en los grandes anuncios proféticos del Antiguo Testamento. Por eso es tan importante contemplar la vida de Cristo, contemplar el misterio de Cristo, seguir a la Palabra en su doble modalidad: tanto «enbibliada», la Palabra tal como se expresa en la Escritura, como la Palabra en su encarnación; y empezar a recibir algún sentido por el hecho de fijar nuestra mirada en Él, algún sentido de la longitud, la profundidad, la anchura y la altura de lo que Él representa. Insertarse en la vida de Cristo es consentir y comenzar a experimentar esa extensión de dimensiones en mi propio ser.

San Benito habla de manera memorable hacia el final del prólogo de su Regla sobre la ampliación, el ensanchamiento del corazón, que en la autocomprensión y la teología benedictina ha sido siempre un símbolo de esa ampliación existencial, de esa capacidad de vivir más profundamente, de aprehender más profundamente, de sentir más puramente, y de que mi corazón y toda mi percepción se hagan cada vez más grandes para asumir las proporciones del propio corazón de Dios, que por definición no tiene fronteras. Así pues, empezar existencialmente, humildemente, paso a paso, a entrar en una experiencia y una participación en la eternidad, es fundamental para embarcarse en una iniciación en la vida en Cristo.

Usted se refirió a la tradición benedictina, y hay un término más en esa tradición que podría ser importante en relación con el bautismo: conversatio morum. ¿Qué puede aportar la tradición monástica a la comprensión del drama o proceso de la vida humana, si lo entendemos como una conversatio morum? ¿Qué puede ofrecer esta idea monástica a la asamblea ampliada de la Iglesia?

Creo que la conversatio morum, en cierta medida, es un término descriptivo más que prescriptivo, y apunta hacia una resolución de permanecer siempre en movimiento, nunca quedarse quieto. Hay una dialéctica intrínseca en los votos benedictinos y en el compromiso monástico. Por un lado, los monjes hacen un voto de estabilidad, que es un voto de no huir, de permanecer fijos en la propia comunidad, lo que normalmente significará estar fijos en un lugar. Pero, como complemento a eso, se tiene este voto de conversatio morum. El voto de conversatio es una disposición a dejarse cuestionar, también en la autojustificación percibida o en el sentido percibido de la virtud. La tradición narrativa monástica, las vidas de los padres, están llenas de historias de monjes que parecen ser paradigmas de virtud, que son respetados, admirados, que a veces tienen cierta admiración por sí mismos, que luego se enfrentan a algo completamente nuevo, ya sea a través de una intervención divina directa o a través de una experiencia de pecado o a través de una experiencia de gracia o a través de un encuentro con otro ser humano (pensemos en el encuentro de María de Egipto y Zosima), y luego son llevados a reconsiderar todo y a comenzar a darse cuenta: «oh, pensé que había llegado y realmente ni siquiera he comenzado».

Ojalá tuviéramos un poco más de esa conciencia instalada en nuestra especie de Iglesia con mentalidad de proceso. Estamos rodeados de estructuras seculares y políticas que funcionan en términos de períodos electorales de tres o cuatro años, y constantemente esperamos que las revoluciones se produzcan dentro de los períodos electorales, y cuando no lo hacen, porque no pueden hacerlo, nos decepcionamos; y luego comenzamos de nuevo, y luego expresamos nuestra indignación justificada y quedamos atrapados en este ciclo ilusorio. La perspectiva de la conversatio morum es una perspectiva mucho más realista, ya que abarca por su naturaleza la perspectiva de toda una vida humana hasta su muerte natural, y mira todo el arco de la vida humana, y espera eso como un proceso de cambio que crece constantemente hacia una perfección personal que corresponde a la providencia de Dios, pero que no es un misterio completo para cada uno de nosotros. Por lo tanto, vivir dentro de una conversatio morum es dar constantemente el propio consentimiento para decir sí a un proceso de devenir cuyo objetivo me es desconocido.

Creo que uno de los fundadores de Communio, Hans Urs von Balthasar, estaría muy contento de escuchar esto.

Bueno, creo que él estaba muy en esa onda.

Otra cosa que me gustaría mencionar en Balthasar es que, si uno se bautiza, normalmente, de alguna manera, tiene que confirmar o concretar ese bautismo. Primero tiene que confirmarse y luego tiene que decidir qué forma de vida cristiana quiere para sí mismo; parece muy difícil, si no imposible, ser un cristiano bautizado «en general». ¿Cómo ve la relación entre el bautismo y los demás sacramentos que dan forma concreta a su vida?

Bueno, obviamente, el bautismo es el fundamento. Hasta cierto punto, el bautismo es lo que nos capacita para una misión, para una tarea, sea cual sea. Y como usted ha dicho, eso puede adoptar múltiples formas. Supongo que lo importante (y por eso creo que es muy bueno que usted ponga el foco en el bautismo de esta manera) es recordarnos constantemente lo que, de hecho, ya hemos recibido. Porque según mi experiencia en la confesión o en la dirección espiritual, la gente a menudo piensa que está empezando constantemente desde cero y se siente muy perpleja. Al recordarles lo que, de hecho, ya han recibido a través de los sacramentos de la iniciación, les damos la sensación de darse cuenta de que ya existe una plataforma de lanzamiento.

Usted ha hablado de la confirmación. La validez y la eficacia del bautismo no dependen, obviamente, de la confirmación, porque tiene su propia integridad. Pero la confirmación está pensada como un despertar, como un desafío y como una llamada, que es intrínseca a toda vida humana y a la vida cristiana, como una llamada a tomar decisiones significativas. Nos está diciendo: mira, se te ha dado este recurso extraordinario y llevas dentro de ti una fuente infinita de gracia y de vida. ¿Qué vas a hacer con ella? ¿Cómo vas a hacer que esta gracia sea fecunda y constructiva, no sólo para ti, sino para el bien del Cuerpo del que eres miembro? ¿Cómo puedes buscar la felicidad, la libertad, la fecundidad para ti mismo y al mismo tiempo ser una bendición para los demás? Ese sentido de encargo es quizás un aspecto de la vida cristiana que podríamos acentuar un poco más.

Hay otro aspecto de los sacramentos que usted parece destacar con bastante intensidad: el de la sanación. Su nuevo libro, titulado Sanando heridas, que es el libro de Cuaresma de 2025, pero también sus otros libros tratan extensamente este tema. ¿Por qué cree que las heridas son tan importantes hoy en día? ¿Y qué tipo de heridas tiene la gente y qué significa la sanación?

Bueno, utilizo conscientemente esa terminología también en función de mi comprensión del pecado, una comprensión que trato de ampliar en mi libro sobre la castidad. En Occidente, condicionados por las controversias del siglo XVI, tenemos una tendencia a pensar en el pecado en términos de culpa. Pensamos en el pecado en términos de un escenario dostoievskiano de crimen y castigo. Sacamos los balances y hacemos nuestras cuentas. No digo que esa comprensión sea ilícita o que sea completamente inútil, pero es insuficiente.

Es útil recuperar conscientemente la comprensión más bíblica y patrística del pecado como una herida primordial, como una pérdida, como un duelo, como una especie de amputación, en el sentido de ser dejado de lado, y, sin embargo, anhelar ser parte de algo. Partiendo del paradigma narrativo de las heridas que buscan sanación, tenemos más posibilidades de captar la atención y el interés de nuestros contemporáneos, porque vivimos en una época que, en cierto modo, está obsesionada con las heridas y vivimos en una cultura occidental en la que predomina la victimización. Nos victimizamos a nosotros mismos o victimizamos a los demás. Y gran parte de nuestro entretenimiento, ya sea en los periódicos, en los medios de comunicación, en las películas o en las novelas, gira en torno a la consideración de las heridas.

Pero lo que en nuestros tiempos falta en gran medida es la perspectiva de que las heridas se pueden curar. Por eso es muy, muy importante que la luz cristiana arroje luz sobre esta dinámica. Porque el cristianismo y el judaísmo, la religión bíblica, son extremadamente realistas en lo que respecta a las heridas humanas. Pero nos recuerdan constantemente que no nos identifiquemos en función de nuestras heridas, que no caigamos en la tentación de decir: «Oh, yo soy el hombre con la mano seca», o «yo soy el hombre que está acostado en una camilla sin nadie que me lleve al agua», o «yo soy el hombre que soportó esta pérdida cuando era un niño», o que fue comprometido de esta manera, o que recibió demasiado de esto o muy poco de aquello.

Las Escrituras no dejan de interesarse por esa base fáctica de la experiencia humana. Y dicen: bien, acéptalo, acepta todo aspecto de tu existencia y de tu historia sin ocultar nada ni tratar de fingir que no hay nada ahí. Pero ten la seguridad de que no hay herida que no pueda sanar. Y ten la seguridad de que aquello para lo que fuiste creado y destinado, si no en esta vida, entonces en la próxima, es la integridad, la plenitud y la felicidad.

¿Y qué es lo que más padece el cristiano contemporáneo, según su experiencia pastoral?

Creo que la desesperanza. Pero estoy seguro de que despertar la esperanza es una tarea inmensa. La preparación para vivir prospectivamente, para mirar hacia adelante, para creer que hay algo que esperar. No sólo en el sentido banal de esperar con ilusión tomar una cerveza esta noche, o cumplir años la semana que viene, sino de la vida, mi propia vida personal y la vida como tal, la vida del mundo, teniendo una finalidad intencional de avanzar hacia una meta, que no es sólo un desastre. Tenemos que albergar esa esperanza y al mismo tiempo ser completamente lúcidos y de mente abierta ante el estado extremadamente inquietante del mundo que habitamos y del que somos responsables.

En cuanto al mundo contemporáneo, parte de su misión parece ser abordar la imaginación de la cultura contemporánea. ¿Cómo imagina la relación entre el cristianismo contemporáneo y la cultura no cristiana contemporánea? ¿Cómo puede encontrar formas de abordar las ansiedades, preocupaciones, ideas e intereses de la gente?

Soy un ciudadano del mundo contemporáneo, como cualquier otro. Me interesa porque me gusta vivir con los ojos y los oídos abiertos. Así que trato de escuchar sus afirmaciones significativas. No me interesa tanto oír el ruido de fondo, porque el ruido de fondo en cualquier época histórica es el mismo, sólo que tiene un ritmo diferente. Pero me interesan sus afirmaciones esenciales. Me interesan las preguntas que se hace la gente, incluso si no las hace explícitamente. Me interesan las preguntas que están implícitas en sus afirmaciones, ya sean declaraciones discursivas o declaraciones artísticas o películas o lo que sea. Me interesa lo que teme la gente. Me interesa lo que desea.

Es una pregunta que hago a menudo en situaciones pastorales: ¿qué es lo que deseas? Un aspecto preocupante del mundo en el que vivimos ahora, ciertamente en este país, pero creo que más en general en el mundo occidental, es la falta de deseo. Eso nos lleva de nuevo a la ausencia de perspectivas de la que hablamos antes. Es particularmente triste cuando uno encuentra eso en los jóvenes, cuando uno se encuentra con jóvenes de 17 años que sienten que ya han experimentado todo, que no les queda nada, cuando uno ve su fatiga existencial. Escucho eso y trato de pincharlo con una aguja y tratar de encontrar el deseo que debe estar ahí, porque está implantado en nuestra naturaleza humana en virtud de nuestra constitución icónica, para tratar de despertar ese deseo.

Así que trato de relacionarme con simpatía con el mundo en el que habito. Me aburro muy rápido y muy fácilmente con los intentos de condenar el mundo contemporáneo o de proclamar que se ha descarrilado, que no va a ninguna parte. Estoy mucho más interesado en tratar de encontrarme realmente con las personas que la providencia pone en mi camino, a veces sin hablar con ellas, sino simplemente mirándolas a los ojos y viendo si la luz está encendida o no, y si no lo está, qué podría iluminarla.

Parece una banalidad decir: «Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que en él cree, no perezca, sino que tenga vida eterna», pero como cristianos nos olvidamos con mucha facilidad de la ardiente intensidad de ese amor, y de que el amor por el mundo no es un amor por una especie de mundo imaginario que simplemente existe en la mente de Dios, sino un amor por el mundo tal como es, en su extravío, su perversidad, su desorientación y sus elevadas aspiraciones. Si nosotros, como cristianos, pudiéramos mirar al mundo con un poco más de atención, y repito, no me refiero a un amor sentimental y cariñoso, no me refiero a ser emocional o infinitamente afirmativo, sino a mirar al mundo y verlo como un mundo que merece ser salvado por gracia.

Si al final volvemos al bautismo y a la situación en Escandinavia, ¿cómo valora la dimensión ecuménica del bautismo? El bautismo es nuestro punto de encuentro. ¿Cuáles son los frutos en términos de relaciones ecuménicas en Escandinavia? ¿Cómo ve las perspectivas al respecto?

Siempre hay frutos manifiestos u ocultos, pero vuelvo a lo que usted dijo antes sobre la confirmación. Lo principal es ser intencional, en cuanto a los compromisos y también en cuanto a las obligaciones, recordar que el bautismo no es solo un don, sino también un encargo, y que es un encargo de vivir en la verdad y de confesar la verdad.

Me obsesiona, y pienso muy a menudo en esa gran frase que pronunció Juan Pablo II cuando visitó Francia en 1996 con motivo del aniversario del bautismo de Clodoveo, y predicó en una misa al aire libre. Predicó con mucha gracia y mucha erudición, y felicitó a Francia por este gran jubileo, y habló de su gran misión, su misión civilizadora en el mundo. Pero luego, al final, maravillosamente, con esa habilidad retórica que era su gran fuerza, dijo: Querida Francia, permíteme hacerte esta pregunta. Estamos aquí para celebrar el milenio de un bautismo, que a ti te gusta considerar como tu bautismo, como el bautismo de Francia. ¿Qué has hecho con tu bautismo? ¿Qué ha sido de él? ¿Qué has hecho de tu bautismo?

Esta es una pregunta que todos debemos hacernos con regularidad. Es lo que debemos hacer como católicos y también lo que debemos hacer en los encuentros ecuménicos. Si hacemos esa pregunta en verdad y la respondemos con verdad, existe una posibilidad real de que esa pregunta y la gracia que implica nos acerquen más.

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