Una mirada al mundo universitario argentino

Ludovico Videla[1]

Introducción

La universidad argentina nace en Córdoba a principios de 1622 con la Bula pontificia que autoriza a Pedro de Oñate, superior de la Compañía de Jesús, a otorgar títulos en teología y filosofía. La universidad argentina ha formado a todas nuestras élites dirigentes y otorgado tres Premios Nobeles de ciencia al mundo. Es muy difícil encontrar instituciones de 390 años en nuestro país. El estado, el ejército o la armada son mucho más jóvenes. Las empresas longevas también son una rareza, y resulta extraño encontrar organizaciones empresarias centenarias.

El caso de la Universidad de Córdoba podemos contabilizarlo dentro del de muchas universidades varias veces centenarias que gozan de una gran pujanza. No es esto lo que sucede con las empresas que mueren y desparecen en tiempos mucho más cortos que el de las universidades. Habría que  ver a qué  responde esta marcada diferencia.

Hace unos años pretendieron explicarme la conveniencia de gestionar las universidades como empresas. En este modelo los decanos eran gerentes y delegaban la conducción estratégica en un director o rector iluminado que centralizaba la conducción. Ciertamente, el obstáculo a este modelo, no es solamente la frecuentemente escasa iluminación  de los conductores, sino la especificidad de las universidades.  Los profesores, los estudiantes y la interacción entre ellos en el claustro conforman, en su esencia,  esta realidad tan notable que son las casas de altos estudios. El modelo empresario con sus balances, pérdidas y ganancias, no se adapta a esta realidad. Cabe entonces explicar por qué son longevas las universidades y cómo medimos su dinámica, potencia y fortaleza.

A diferencia de las empresas que buscan el lucro y producen bienes o servicios, las universidades procuran otro objetivo, muy distinto, que es un intangible y se relaciona con la verdad científica, la cultura y la preparación y formación de los estudiantes.

Enseñar e investigar son los dos ejes de la actividad universitaria; ¿Cómo medimos los resultados de esta actividad singular? ¿Cómo están las universidades argentinas? ¿Estamos avanzando o retrocediendo? Esta cuestión es sin duda muy compleja; una vía posible -por la que me inclino- es seleccionar el mejor ranking comparativo, sabiendo que es un instrumento limitado e incompleto.

 

El ranking iberoamericano 

La publicación de un nuevo ranking iberoamericano SIR 2012 de las instituciones de educación superior es una buena oportunidad para intentar evaluar la evolución de nuestro sistema universitario. De los diversos ranking disponibles, el SIR 2012 tiene algunas ventajas por su mayor objetividad. Para confeccionarlo se toma en cuenta básicamente el número de publicaciones en revistas científicas, en particular cuantas publicaciones en el primer cuartil del indicador SJR.  El indicador SJR mide la influencia o prestigio científico de las revistas, relacionadas con las citas que la publicación recibe. A mayor citación en artículos se presume mayor prestigio. También se valoran las relaciones internacionales de la institución, a través de trabajos preparados conjuntamente con otras casas de altos estudios del exterior.

Es cierto que la objetividad del número de publicaciones puede encubrir algunas situaciones particulares, por ejemplo,  grandes diferencias de tamaño en las instituciones, o profesores destacados que, a la manera socrática, no escriben. También instituciones, con carreras de disciplinas de múltiples escuelas y sin un journal de referencia universal, pueden verse perjudicadas en el ranking y otros casos semejantes. Pero lo cierto es que los ranking alternativos tienen todavía sesgos más significativos, por lo que el SIR 2012 constituye la mejor opción de todos los estudios disponibles.

Además las publicaciones son la medida más usualmente usada para evaluar a los profesores en su investigación, por lo que el estudio SIR 2012 hace transparente la potencia de su cuerpo de profesores, que es la llave maestra de una institución sólida.

Adelantando la conclusión en lo referido a las universidades argentinas, observamos, en líneas generales, un persistente retroceso comparado con otras instituciones de países hermanos. Tanto en el ámbito público como en el privado, cuyo crecimiento institucional supera al público, la oferta académica, el modelo de gestión, los recursos volcados y los resultados obtenidos son modestos, respecto a lo que de  la Argentina se podría esperar.

En el mundo universitario como en la educación, la salud y tantos otros campos de la vida social nos hemos acostumbrado a la mediocridad y eso nos conduce a una persistente decadencia. Cabría pensar en proponer caminos de renovación que permitan superar este presente y recuperar el prestigio  del que gozaba nuestro sistema universitario hace no muchos años.

 

La evolución reciente

Si tomamos como punto de partida los años sesenta, veremos que hasta entonces existían sólo 6 universidades estatales que comprendían la universidad de Buenos Aires, la de Córdoba y  La Plata, la de Tucumán, Cuyo y del Litoral. El número de alumnos era de aproximadamente 157 mil. El tamaño medio de las instituciones era pequeño en comparación con los actuales, con excepción de la UBA (universidad de Buenos Aires) que ya entonces era una mega universidad. En la década de los sesenta se crearon 20 universidades privadas superando en número a las estatales, relación que se mantuvo prácticamente hasta el presente. En estos momentos hay 59 universidades de gestión privada, 56 estatales, una internacional y una extranjera. En el agregado  hay en la Argentina una  universidad cada 448 mil habitantes, nivel similar al de Brasil (531 mil) y México (426 mil) y un diverso al de Chile (293 mil) que tiene la mejor cobertura.

La ley 14557, llamada de enseñanza libre, permitió la creación de universidades privadas pero prohibió expresamente el financiamiento público para estas instituciones, exigió la aprobación estatal previa de las ofertas académicas y restringió la habilitación profesional a una supervisión especial.

Todo esto llevó a una debilidad de partida en el modelo de funcionamiento. Por una parte, las universidades privadas recurrieron al arancel como recurso casi exclusivo para su funcionamiento, lo que representó una limitación importante. En segundo lugar, la restricción financiera y la estrecha supervisión estatal estimularon el diseño de programas poco innovadores orientados a satisfacer las preferencias establecidas y los modelos ya vigentes. Con ello se ampliaron las ofertas de carreras como la de derecho, medicina y psicología, que contaban con muchos postulantes. Además de  reproducir algunos vicios del sistema estatal, en cuanto a la conformación de los estudios, también se orientaron a modelos de dedicación simple tanto en  los profesores como en los alumnos. La investigación y las carreras de ciencias básicas más costosas y de escasos alumnos quedaron postergadas.

Los últimos datos disponibles establecen en 1,650 millones el número de alumnos, de los que 1,312 millones corresponden al área de gestión estatal y 337 mil al de gestión privada.

La tasa bruta universitaria que refleja el número de estudiantes universitarios sobre la población de 18 a 24 años es superior al 35,2%. Si se agregan los estudiantes de carreras terciarias, la tasa bruta de Educación Superior es del 49% aproximadamente.

Si tomamos en cuenta que cerca del 50% de los jóvenes no terminan los estudios de la escuela secundaria, la participación universitaria parece haber llegado a un techo, hasta tanto mejoren los índices de deserción del ciclo medio. Si se quiere expresar en las categorías sociales de moda, el objetivo de la inclusión parece razonablemente cumplido; ahora se trata de mejorar la calidad de la enseñanza y de los graduados. Para alcanzar tasas brutas del 80/85% como en algunos países avanzados, hay que resolver los problemas de la escuela media y la primaria. Ciertamente, dejar pasar de grado sin exigencia alguna, como se decidió hace poco, no parece el camino de solución del ciclo inicial.

La abundancia relativa de estudiantes universitarios se contrapone con la muy elevada deserción que existe también en este nivel y que es como una enfermedad crónica de nuestro sistema educativo. Este proceso lleva a que solo uno de cada cuatro ingresantes de las mayores universidades concluya la carrera. En las universidades privadas la relación mejora un poco, pero igual está lejos de los mejores estándares internacionales. Se gradúan tres de cada cuatro estudiantes. La significativa deserción constituye un desperdicio de dineros de gran importancia. Es usar abundantes recursos para obtener un ínfimo resultado y es difícil  poder establecer las causas que explican esta deserción crónica. Sin duda la ausencia de un examen de ingreso que opere, como en otros países, como un estímulo para prepararse mejor para ingresar a la universidad y también para alentar el estudio en la escuela secundaria se hace sentir. Otro factor es la baja preparación de la enseñanza media donde el 50% del alumnado no es capaz de leer una página y comprender lo que  lee. Pero, sin duda, lo que más debe influir es la extrema rigidez del sistema universitario para adaptarse a las necesidades y posibilidades de los alumnos y otros factores de cambios del entorno.

En los estudios de grado se ingresa sin examen en muchas universidades pero el diseño de los programas sigue estructurado sobre un esquema tradicional. Nuestro enfoque histórico ha sido el bonapartista, que es el de la universidad que prepara profesionales y otorga título  habilitante. Las carreras, entonces, prevén una formación para la habilitación en la profesión que tiende a ser cada vez más rígida y muy exigente. En muchas carreras la misma CONEAU  (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria) establece los contenidos mínimos.

En realidad los jóvenes graduados que siguen después en la profesión no son tantos; por ejemplo, el caso de los abogados o los médicos, por lo que el gran esfuerzo de prepararse para su habilitación profesional no es indispensable. Los profesores también defienden sus materias y los contenidos que a veces reproducen los temas que ellos debieron estudiar muchos años antes. Esto dificulta la renovación de los planes de estudio porque reducir horas o suprimir materias puede convertirse en un conflicto laboral o político.

En definitiva, los jóvenes, a una edad de cada vez menor madurez, deben decidir su vocación sin saber bien, o sabiendo muy poco, sobre las carreras y el ejercicio profesional. Ingresados en la universidad tienen un alto costo si cambian, ya que no se reconoce lo hecho y deben empezar de cero. Por ello, el intento de terminar la carrera, en la mayoría de los casos trabajando, se convierte en una verdadera exigencia ciclópea, ante la cual la mayoría fracasa y  explica el elevado grado de deserción.

Un cambio que debería estudiarse es la ampliación y diversificación de la oferta académica en el nivel terciario, para mejorar las alternativas de los jóvenes que no quieren o no pueden encarar el desafío de la universidad. También parece una necesidad, un examen de ingreso a todos los graduados secundarios que permita conocer, por una parte, cómo funciona el secundario y cada establecimiento en particular y, en segundo lugar, cuáles son los jóvenes que están en condiciones de acceder a la universidad con chances de egresar.

La mayor transparencia en la información de los niveles de educación, el seguimiento en las universidades de indicadores claves, las mayores exigencias académicas sobre los profesores, llámense concursos u oposiciones, hechas con objetividad y justicia, son objetivos factibles y recomendables. La tarea de la CONEAU en el balance ha sido positiva y ha contribuido a mejorar la calidad del sistema. Su tramitación debería agilizarse y ser menos burocrática y nunca renunciar a la máxima exigencia. La oposición de algunas universidades públicas a su acción es una señal del valor de su tarea.

 

Los diferentes rankings

En el cuadro 1 presentamos las diez mejores universidades de Iberoamérica. La mitad de las mejores universidades iberoamericanas son españolas, cuatro son brasileras y una es mexicana. No hay ninguna universidad argentina en estos primeros puestos.

Cuadro 1- Las diez mejores universidades iberoamericanas

1 Universidad de San Pablo
2 Universidad Autónoma de México
3 Universidade Estadual de Campinas
4 Universidad de Barcelona
5 Universidade Paulista Julio de Mesquita Fihlo
6 Universidad Federal do Rio de Janeiro
7 Universitat Autónoma de Barcelona
8 Universidad Complutense de Madrid
9 Universitat de Valencia
10 Universitat Politécnica de Catalunya

En el cuadro 2 presentamos las mejores universidades de Latinoamérica. La única argentina es la Universidad de Buenos Aires que ocupa la séptima posición. Hay una chilena, una mexicana  que ocupa el segundo lugar y todas las demás son brasileras. No hay ninguna universidad privada. La más cercana es la Pontificia Universidad Católica de Chile que ocupa el lugar n° 14.

Cuadro 2- Las diez mejores universidades latinoamericanas

1 Universidade de Sao Paulo
2 Universidad Nacional Autónoma de México
3 Universidade  Estadual de Campinas
4 Universidade  Paulista Julio de Mesquita Fihlo
5 Universidade Federal do Rio de Janeiro
6 Universidade Federal do Rio Grande do Sul
7 Universidad de Buenos Aires
8 Universidade Federal do Minas Gerais
9 Universidade Federal do Sao Paulo
10 Universidad de Chile

En el siguiente cuadro presentamos las diez mejores universidades argentinas en el ranking de Latinoamérica. Su ubicación en este último ranking corresponde al número de la primera columna. Llama la atención el avance de las Universidades de Mar del Plata, Comahue y San Luis, a pesar de su reciente creación y su menor tamaño relativo con respecto a las otras universidades nacionales. También es llamativa la ausencia de las universidades privadas en las mejores posiciones del ranking de las instituciones argentinas.

Cuadro 3 – Las diez mejores universidades argentinas en el ranking de latinoamérica

7 Universidad de Buenos Aires
13 Universidad Nacional de la Plata
29 Universidad Nacional de Córdoba
47 Universidad Nacional de Mar del Plata
48 Universidad Nacional del Sur
49 Universidad Nacional de Rosario
59 Universidad Nacional del Litoral
73 Universidad Nacional de Tucumán
87 Universidad Nacional del Comahue
90 Universidad Nacional de San Luis

El último cuadro corresponde a las universidades privadas mejor ubicadas en el ranking de Latinoamérica. Tenemos que remontarnos a la posición número 192 para encontrar a la Universidad Favaloro de extensa trayectoria y especialización en ciencias médicas. Las privadas más antiguas y más grandes ocupan posiciones por encima del nivel 250.

Cuadro 4 -Las diez universidades privadas argentinas mejor ubicadas en el ranking latinoamericano

192 Universidad Favaloro
251 Universidad del Salvador
257 Universidad Austral
278 Pontificia Universidad Católica Argentina
285 Universidad Católica de Córdoba
295 Universidad Torcuato di Tella
350 Universidad de San Andrés
374 Instituto Tecnológico de Buenos Aires
398 Universidad Maimónides
426 Universidad Abierta Interamericana

Los estudios de posgrado

 

Los estudios de posgrado comprenden las carreras de especialización, las maestrías y los doctorados. Por disposiciones legales todos los posgrados deben ser autorizados expresamente y acreditados en cuanto a su calidad por el órgano de contralor, que es la CONEAU. Esta estrecha supervisión no ha evitado una alta dispersión de la oferta con superposiciones y dispersiones que conspiran contra la sustentabilidad de las carreras.

La baja relación entre estudiantes y graduados repite el fenómeno del grado con una elevada deserción especialmente en las maestrías. La exigencia de trabajos finales impuesta por la regulación, con una elevada cantidad de horas mínimas de clase, desalienta a los estudiantes, que deben afrontar el costo y el esfuerzo de formación conviviendo con tareas laborales extensas.

La oferta de posgrados no responde a una planificación de necesidades o prioridades nacionales, sino a la capacidad y disposición de las universidades y  la respuesta de la demanda del público a la oferta, que debe autosustentarse con los aranceles. Esto ha llevado a un perfil de perfeccionamiento o especialización profesional, repitiendo el cuadro de la oferta de grado, con sus debilidades y fortalezas.

Hay escasos ejemplos de cooperación interuniversitaria en proyectos de investigación de dos instituciones de dos países diferentes, o de modalidades de cooperación con el dictado conjunto de carácter bi o multinacional de carreras de posgrado.

Los problemas de gestión también se ponen en evidencia en este punto, por la excesiva autonomía que lleva a una difícil coordinación de esfuerzos regionales o temáticos con fenómenos de superposición y dispersión de recursos escasos. La novedad más importante, a partir del último decenio, es una política mucho más consistente y eficiente por parte del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) que amplió significativamente la oferta de becas de posgrado con estipendios más razonables, lo que posibilitó el crecimiento de los estudiantes con dedicación exclusiva y mejoró marcadamente las capacidades científicas y técnicas de estos jóvenes, fortaleciendo a las instituciones en las que participan.

Acompañando la iniciativa del CONICET varias Universidades Nacionales, diversas agencias descentralizadas del Estado nacional e instituciones científicas provinciales, incorporaron en el período sistemas de becas de posgrado o ampliaron la oferta existente. Algo similar contemplan los programas vigentes de la ANPCyT (Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica).

Las restricciones financieras de las universidades  privadas y los problemas históricos de cooperación entre las empresas y el mundo universitario, que están a años luz de lo que se hace en Estados Unidos o Europa, han impedido un crecimiento acorde de las becas en este sector del sistema universitario.  Esta interrelación entre la universidad y la empresa es uno de los nudos no resueltos que conspira contra la consolidación de un modelo universitario más enfocado a sostener la calidad de la enseñanza y la investigación científica. El creciente número de becarios de carreras de posgrado provoca que no pueden acceder todos  a la carrera de investigador científico acogiéndose al financiamiento público de su actividad de investigación, simplemente por las restricciones presupuestarias vigentes. Como la articulación con el sector privado es débil,  se presenta el riesgo de la “fuga de cerebros” al exterior que, con la pérdida de propiedad del conocimiento técnico científico por la insuficiente protección, produce un drenaje de riqueza de suma gravedad.

A manera de conclusión

Sin falsos nacionalismos, tener sólo cuatro universidades dentro de las mejores cincuenta de Latinoamérica y ninguna privada en las mejores 150 casi 200 -si no fuera por Favaloro que es 197- parece un balance muy pobre para la Argentina. Las privadas, que se suponía  podían renovar el sistema y que constituyen el mayor número de instituciones existentes, no parecen haber cumplido con la expectativa suscitada en su origen. La existencia de la Pontificia Católica de Chile en la posición 14 desmiente cualquier excusa que pueda proponerse para justificar la mala ubicación; la diferencia está en la gestión. Como en tantos campos, nuestro problema grave es de administración, no logramos estructurar un proceso de selección de los administradores que garanticen resultados.

En nuestra tradición, las universidades son instituciones autónomas del poder político y de otras influencias que puedan conspirar contra la libertad de investigar y enseñar. Esta autonomía es un valor que viene de los inicios de la universidad y debe preservarse.

Un riesgo permanente es la tentación del poder político de avanzar sobre este valor buscando su subordinación o la pretensión de homogeneizar la cultura desde un “relato” oficial.  En este punto, el mayor riesgo observable es la excesiva dependencia de los fondos públicos. Ya vemos lo que esto significa en nuestro sistema rentístico federal, y siempre está presente el peligro que esta modalidad de sujeción se extienda a otros campos. Por ello es necesario revisar ciertas modalidades que permitan obtener nuevos recursos, ya sea de empresas, de los graduados -como en numerosas universidades de gran prestigio- o de los estudiantes con aranceles, que mantengan el principio de equidad y la igualdad de oportunidades.  Una mayor base de sustentación financiera aumentaría la autonomía y evitaría el riesgo de la politización de los cuadros.

Precisamente, el tradicional sistema de elección de autoridades a través de los claustros funciona adecuadamente cuando los claustros son pequeños y todos conocen a sus pares. Cuando la universidad se expande y crece mucho, y si además se agregan los graduados y los estudiantes a la elección, el resultado es probablemente muy malo. Esta es la experiencia que yo he conocido.

En las universidades privadas la situación es diferente porque el riesgo de injerencia del poder del Estado no es grande. Así y  todo, los conflictos aparecen ya sea en cabeza de los iniciadores y el claustro, o en las confesionales, en la estructura de dirección de la Iglesia. Claustros débiles y estructuras invasivas son sinónimo de fracasos.

De todas maneras, las universidades privadas católicas tienen una tarea que les es propia y de gran significación. La ciencia no nos ofrece una visión unificada de lo que es el hombre. Desde la perspectiva de la física, los seres humanos están compuestos por partículas que interactúan de acuerdo con las generalizaciones probabilísticas de la mecánica cuántica. Desde  la química, somos los sujetos de interacciones químicas, ensamblajes de  elementos y compuestos. Para la biología, somos organismos multicelulares que pertenecen a especies cada una con su pasado evolutivo propio. Desde la economía, somos maximizadores racionales de objetivos específicos. Para la psicología y sociología, teñimos nuestras percepciones y emociones, que son realidades que también nos condicionan en nuestros papeles en la sociedad y en las instituciones. Desde la historia sólo nos comprendemos en la perspectiva de largos procesos sociales y transformaciones económicas. ¿Cómo se vinculan entre sí estos relatos? ¿En qué consiste la unidad de lo humano? ¿Cómo debemos entender nuestra realidad? Las respuestas requieren una visión filosófico-teológica que preste un servicio indispensable para las mismas universidades, y para la reflexión sobre campos cada vez más peligrosos e intrusivos para la persona y la humanización de la sociedad. En esto el papel de las católicas y otras universidades religiosas es insustituible.

¿Cómo mejorar la gestión de las universidades? ¿Cómo elegir a los mejores administradores?  Creo que no hay un sistema infalible, nada reemplaza a la prudencia del que elige. Los estropicios que sufre y ha sufrido nuestro país son una prueba irrefutable de este aserto.

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[1] Doctor en economía. Fundación Bunge y Born, miembro del Consejo de redacción de la revista.

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