Historia personal, muerte y escatología en clave balthasariana

P. Alberto Espezel[1]

 

Trataremos ver la traducción del Misterio Pascual de Jesucristo a la historia personal de cada uno. O dicho de otro modo, de la inserción de la historia personal en el Misterio Pascual y consecuentemente en la historia de salvación general de los hombres.

Nosotros vivimos en el tiempo que media entre la primera y la segunda venida de Cristo. Sostenidos por el amor creador y redentor de Dios. A partir del Bautismo y sellados por la liturgia que celebramos. Nos recibimos y aceptamos de las manos de Dios, del designio creador y redentor de Dios. Toda la historia discurre hacia Cristo en su segunda venida.

Se trata de vivir conscientemente en recepción, recibiéndonos de Dios, como Jesús vive en recepción del Padre en el Espíritu. Recibirse de Dios, aceptarse de Dios, devolverse en acción de gracias a Dios: el talante existencial del cristiano es el recibirse buscando su voluntad, en forma cotidiana. Se trata de tener conciencia de su presencia, con conciencia de su amor providencial.

Nada había en mí que se encontrara antes de todos sus dones y que pudiera servir de recipiente para recibirlos. Su primer don, que puso en la base de todos los otros fue aquel que yo llamo mi yo; Dios me ha dado este yo; le soy deudor no sólo de todo lo que poseo, sino también de todo lo que soy. Oh don inaudito, dicho inmediatamente en nuestra lengua débil, pero que nuestro espíritu no llega jamás a comprender hasta el fondo. El Dios que me ha creado me ha dado a mí mismo como don; el yo que tanto amo no es sino un don de su bondad…sin este yo no sería yo mismo, sin Dios no tendría ni el yo con el que poder amar, ni el amor con que poder amar este yo, ni la voluntad que lo ama, ni el pensamiento con el que me conozco. Todo es don; quien recibe estos dones es él mismo ante todo don recibido” (Fénelon, Lettres I, 4,1)[2] TD II,1,.263.

Dios me regala mi propio yo por creación y mi filiación en Cristo por gracia. Somos hijos en el Hijo. Jesús es el lugar en el que me recibo del Padre en el Espíritu.

Somos caminantes, viadores, caminamos de la mano de Dios y de su Espíritu, hacia Cristo que viene a culminar la historia universal y mi historia personal. Se trata de desarrollar una espiritualidad del recibirse y el devolverse y el darse en acción de gracias eucarística. Espiritualidad de la pro-existencia, pasiva y activa, como la que vivió Jesús hacia el Padre y hacia los hombres, y que culminó en su darse y recibirse en la Cena.

Espiritualidad del recibirse y el darse. Esto nos ubica en nuestro ser filial en el Espíritu. Se trata de vivir esta receptividad.

Todo esto en el tejido de la vida cotidiana, en la oración, la liturgia y el trabajo, en la vida conyugal, familiar, en la vida del trabajo y del descanso, en relación con los amigos y no amigos (“Te pido, Señor, por los que no nos caen simpáticos” como repite una buena amiga) . En la vida política, en el compromiso de la vida social y política en la que estamos insertos.

El talante cristiano es un talante de servicio, vivir desde los otros y para los otros, recibir y dar, dar y recibir tanto de Dios como de los demás. También saber dejarse regalar. No sólo hay que dar sino también recibir como forma de amor. Cuidado con el activismo del dar. Vivir desde los otros y para los otros. Dejarse querer y dejarse ayudar, parte esencial del recibirse de Dios que se ocupa de mí para los terceros.

Y esto vivido en una espiritualidad de la paciencia, hecha de fortaleza, del aguantar. En la esperanza, en el abrirse a los demás, a Dios, a su voluntad siempre a descubrir en el amor esponsal y de alianza, en la aceptación del tiempo o edad de cada uno y el tiempo de los demás, la aceptación de la propia edad, también el propio tiempo, con humor, recordando a Guardini, a quien le tocó vivir los doce años del nazismo, y la aceptación del propio país y la propia ciudad, las estridencias de la moda, y también la aceptación de la propia salud con sus limitaciones, permitida por Dios, poniéndola en mi alianza con Dios, sin irritaciones, y la aceptación de la propia familia, de aquellos que me rodean.

Asumiendo también la creación con sus signos del Logos y ofreciéndola, ya que la creación espera nuestra oblación de ella en Cristo. Aceptación de las estaciones, el verano, el calor.

Tratemos de ver entonces la vida cristiana como configuración con la muerte y resurrección con Cristo.

 

A. Teología de la Muerte

Tratemos de pensar, preparar y madurar la propia muerte como acto de entrega a Cristo. La familia desmembrada ha dejado de ser el espacio protector del nacimiento, la vida, la enfermedad y la muerte.

Visto desde la fe, en el bautismo y la eucaristía nos configuramos con la muerte de Cristo y su destino. Nos incorporamos a ella y asentimos a ella. La vida cristiana es el largo proceso de identificación con esa muerte en espera de la resurrección incoativa y luego definitiva.

La muerte de Cristo es don descendente y ofrecimiento por todos representativo e intercesor ascendente. Nos abre a una nueva libertad para el servicio.

Se trata de recibir, pensar y celebrar la muerte de Cristo: nos invita a un ejercicio del desasimiento (contra al consumismo ambiente).Asumimos la muerte: tras la muerte e historia de Cristo y tras nuestra historia. Morimos en la Iglesia. Vemos la muerte como paso, drama y promesa.

En una mirada cristiana, el arco de la vida del hombre pasa por la muerte. Sin embargo, la muerte, con su misterio y su dolor, no es para el cristiano el término definitivo de toda la existencia humana.

Desde una perspectiva de fe y de esperanza, de una esperanza sostenida por la fe, la muerte es paso angosto, difícil, doloroso (salto del arroyo fragoroso, dice un teólogo poeta: Gonzalez de Cardedal), quebrada angosta y oscura. Pero paso a algo nuevo, otro tipo de existencia, misteriosa, que ha de culminar en la Resurrección del último día. La muerte puede ser suave o muerte dura (tema de Bernanos).

Se trata de vivir la vida abiertos a este paso decisivo. Es necesario tematizar, hablar de la muerte sin banalizarla. No esconder la muerte. Nuestra sociedad esconde la muerte, la escabulle, la disfraza, la ignora, la tapa. Hemos perdido el ars moriendi y con ello el ars vivendi. La sociedad del fitness y los cinerarios esconde la muerte. El consumismo del disfrutar esconde la muerte. Queda así en manos de los especialistas, médicos, personal de salud, hospitales, hospices,

En rigor vamos hacia Cristo. Cristo es la puerta. Morimos hacia Cristo y de la mano de Cristo.

“…Por el hecho de que está Jesús, el vivir y el morir no sólo reciben un nuevo significado, que hace que se reconcilien entre sí: en su transcurso devienen otra cosa.

Morir es otra cosa, porque está El. Ciertamente, no está sólo para aquellos que lo conozcan; ha muerto por todos y vive para todos. Hay mucha grandeza, humildad, coraje y resignación también en la muerte de aquellos que no han alcanzado exterior íntimamente su mensaje. Pero es El mismo quien alcanza a todos. Y sin embargo, a pesar de todas las amenazas y la fragilidad,

y toda la crecida responsabilidad que viene de su fe a aquellos que creen, poder morir como creyentes es algo diverso. Con lo cual no quiero decir que nos sean ahorrado a nosotros los abismos de la muerte. La fe no ayuda a remover la muerte o a superarla, pero ayuda a través de la misma muerte.

Cuánto sea grave la muerte y cuánto lo será, también para quien cree en el Padre ¿quién nos lo ha mostrado más claramente que Jesús, el Hijo mismo, que grita el abandono del Padre?

Pero nosotros no podremos nunca más llegar y atravesar la muerte por otro camino, sino por medio de El, que murió por nosotros, en nuestro lugar, y que ha muerto nuestra muerte.

En nuestro morir lo encontramos por eso dos veces: El viene con nosotros, a nuestro lado, a través de la muerte, y al mismo tiempo ya nos espera detrás de la puerta. Nosotros morimos con El y morimos en El. No nos es prometido que en aquella hora advertiremos todo esto como consolación, pero nos es dada la capacidad de aferrarlo ahora por le fe: tú vendrás conmigo, no habrá parte del camino que no se encuentre al interior de tu camino por nosotros y con nosotros. Y Aquel que me juzgará, Aquél que dirá la última y definitiva palabra sobre el sentido de mi vida, eres Tú, amigo mío, hermano mío, que has dado la vida por mí. El hecho de que me juzgarás no es de hecho una negación de tu solidaridad, por el contrario. Sólo tu amor me juzgará. No porque quiera juzgarme, sino porque sólo el amor, sólo la disponibilidad a recibir los dones del amor, obtendrá la bienaventuranza junto a Aquel que es el Amor.

He aquí una pregunta seria que no debo nunca dejar de plantearme: ¿tengo por ti aquel amor que pueda ser la respuesta adecuada y el pago correspondiente?

Pero todavía más seria es la otra pregunta: ¿puedo yo ser respuesta para ti, puedo ser agradecimiento por tu amor? ¿ Brota de mi vida la luz de tu amor y se difunde en torno a mí?

Morir es otra cosa, de ningún modo menos serio que antes, pero infinitamente más precioso y más humano, porque es el encuentro con un rostro humano amante y amado en el que es Dios mismo quien me mira.

Morir es otra cosa, vivir es otra cosa. Y fundamentalmente hemos dicho por qué. De hecho, si este será mi morir, esta también es mi vida: andar con Jesús, dirigirme hacia Jesús. El está vivo; conozco su palabra. Si me confío a El, se resuelven los enigmas de la vida, no con respuestas preparadas, no con ajustadas instrucciones válidas para todas las situaciones, sino gracias a una respuesta que dice mucho más que todas estas cosas puestas juntas. “Yo estoy con ustedes todos los días” (Mt.28,20):

Tú estás conmigo también hoy, también ahora. Tú dices simplemente esto: estoy aquí. Vivir en la presencia de Jesús; vivir de manera tal que pueda El estar presente; vivir en manera tal que yo no me pierda andando solo, que no o reniegue ni ofenda nunca; vivir acompañado de su palabra; vivir amando con la medida con que El ha amado: esta es la conversión de la vida[3].

Alma o persona que perdura

Veamos la supervivencia de la persona. Por diversas razones, se ataca la posición tradicional de la supervivencia de la persona o inmortalidad del alma, como se decía antes. De la mano de luteranos se habla de la muerte total (Ganztod) y luego la resurrección, preferentemente en el mismo momento de la muerte.

Para el Antiguo Testamentos la morada de los muertos o Scheol contiene seres que llevan una vida limitada, oscura, sin relación ni con Dios ni con los demás. La persona tiene alguna pervivencia en el Scheol. La vida es comunión, la esencia de la muerte, ausencia de relación. Pero si la comunión con Dios es real y fuerte, ha de vencer la muerte física y mantenerse la relación de Dios con la persona.

Job afirma: “con mi carne veré a Dios” El Siervo en Is 53 sostiene (en boca de Yahvé): “Le daré su parte entre los grandes, porque puso su vida en expiación…ya que llevó el pecado de muchos e intercedió por los rebeldes”.

El salmista afirma en el Salmo 16,9 ss.: “no abandonarás mi alma en el Scheol, ni dejarás a tu amigo ver la fosa…” La comunión con Yahvé es más fuerte que el Scheol. Salmo 73, 23-28: “Mi bien es estar junto a Dios, he puesto mi cobijo en el Señor…” la experiencia de comunión con Yahvé es donde el hombre puede enfrentar la muerte y el Scheol. Mi comunión con Dios vence la muerte.

La resurrección aparece explícitamente en Dan 12,2; también 2 Mac habla de resurrección en forma explícita. Ver Sab.2, 23-24 Sab 3, 1; “las almas de los justos están en manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno”. Sab.16, 13 (tienes poder sobre la muerte, haces bajar y subir del Hades). Hay una forma de pervivencia de la persona, en transición hacia la resurrección.

A la luz de la resurrección de Cristo, Pablo desarrolla una poderosa teología de la resurrección, desde su propia experiencia de Damasco, de encuentro con el Resucitado, cf. 1 Co 15; 2 Co 5, 1-10; Fil 1,21- 23.

La fe en la vida eterna es dialogal (con Dios), global (el hombre entero) y solidaria (con los hermanos).

El Antiguo y el Nuevo Testamento adquieren progresivamente la conciencia de la perdurabilidad de la persona después de la muerte, por su alianza creadora y redentora con Dios. La oración por los difuntos habla, como lugar teológico, de una cierta supervivencia del sujeto, ya en la plegaria eucarística, ya en la oración, ya en la piedad del pueblo de Dios

La tradición griega es consciente de la perdurabilidad del alma.

  1. Preexistente o no. 2. ordenada al cosmos.3. con conciencia y conocimiento.
  2. con sentido de justicia o retribución: se da una supervivencia para recibir recompensa o castigo.

El concilio de Letrán V, DH 1440-1441 habla del alma como forma del cuerpo que perdura. A su vez, el documento de 1979 de la Congregación de la Fe afirma: se da una subsistencia de un yo humano que perdura dotado de conciencia y voluntad. Hay que articular muerte como transición y resurrección como un proceso que culmina recién en la resurrección. No se trata de devaluar la importancia de la resurrección del hombre y de la comunidad eclesial. La comunidad se consuma entera recién en el último día. Ello da cuenta de la oración eclesial por los distintos miembros de la Iglesia.

 

La muerte como auto entrega oblativa a Cristo.

Prepararse a la propia muerte (pedírselo a san José) es ejercer y vivir la esperanza de que hijos del Padre, seremos resucitados, para siempre, en la Iglesia, como hijos del Padre. “De la muerte imprevista, líbranos Señor”, se oraba en la tradición de la Iglesia.

En la oración, la eucaristía, la confesión, prepararse al gran salto sabiendo que seremos llevados como el Cordero-Siervo Jesús. Y ayudar a los que nos rodean a este acto de autoentrega: como dice Jesús, ”Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

Vivirlo en forma eclesial. A muchos les toca este paso sin conciencia de su propia muerte, a causa de su estado de inconsciencia, remedios, morfina, etc. Pero ello no impide que tiempo antes, en forma consciente, nos preparemos al paso y ayudemos a los otros a hacerlo.

Se trata de ver la muerte como el principio de un proceso de gracia y transición que culmina luego en la resurrección. La supervivencia del alma/persona está en camino a su culminación que es la resurrección. Y todo ello es un proceso de gracia que brota de la muerte-resurrección de Cristo. Vemos entonces la supervivencia del alma en Dios como una primera fase hacia la plena resurrección. Es un momento parcial de la resurrección general. Ello forma parte de un proceso del cosmos entero que va del primer Adán al segundo Adán-Cristo resucitado por gracia.

Además del Antiguo y Nuevo Testamento, de la tradición platónica tomamos su conciencia de la supervivencia del alma y su sed de Dios. De la tradición aristotélica tomamos su conciencia de la realidad del hombre entero, corpóreo-espiritual. En la tradición judeo cristiana el hombre es esencialmente dialogal con Dios. Elevado hacia El, Dios ha de recibir al hombre entero, en cuerpo y alma.

Nuestra futura eternidad en Dios habría que pensarla conjuntamente con nuestra historia vivida, la eternización de todo nuestro tiempo vivido, purificado por la gracia y la cruz, el juicio y el fuego purificador del día del Señor[4]. A su vez, el cosmos entero está llamado a la transformación escatológica.

La liturgia y el mundo sacramental, aquí, en el tiempo de la Iglesia, son al mismo tiempo la temporalización de la vida eterna de Cristo resucitado y ascendido (signum prognosticum), y la eternización y elevación de nuestro propio tiempo. La eucaristía es anticipación de la parusía, en ella Cristo viene ya viniendo.

Caminamos hacia la consumación de toda la realidad de la creación y la historia en Dios. Pero no se trata de la anulación de la historia en Dios.

 

El misterio del juicio

El juicio es un encuentro purificador con Cristo que establece su señorío definitivo sobre todos. Por ello significará la soberanía universal de la verdad, la justicia y el amor. La imagen de Cristo como fuego purificador (purgatorio) se encuentra en la tradición: Orígenes, Nicolás de Cusa.

El juicio pondrá a cada uno en su eterna validez ante Dios. Purificación expiatoria que nos hace dignos de Cristo y de los demás. Se trata del ver la propia vida y su propio valor a la luz y santidad de Cristo (Juan: autojuicio). Y verse no sólo a uno mismo, sino ver la totalidad de la historia a su luz.

La última determinación del mundo y de la historia vendrán de una acción de Dios en Cristo, asentida por uno. El juicio será redención y salvación definitivas. Consumación de la redención. Y este juicio será sobre el amor, cf. Mt.25.

La norma del amor es Jesús mismo. Cristo es juez en tanto redentor: justicia plena articulada con su amor. Al mismo tiempo será la plena revelación de Cristo: el ver todo a su luz. Se trata de ver la articulación del juicio con la resurrección personal, la resurrección general y la transformación de la creación (pascua de la creación).

 

B. Resurrección de la Carne.

Vida eterna resucitada.

Se trata de la consumación de la historia vivida. Seamos conscientes de la anticipación litúrgica de esa vida: en el bautismo, nos configurarnos con la muerte y resurrección de Cristo.

En la eucaristía, nos adentrarnos en la entrega de Cristo muerto y resucitado. Allí, con la resurrección, nos encontraremos, por ej. con la conyugalidad matrimonial transfigurada.

El mismo cuerpo será transfigurado según el modelo de Cristo en 1 Co 15 .La resurrección ocurrirá como hemos dicho en el último día. La teología de la muerte recién culmina y se consuma en la resurrección final.

La vida eterna será ver a Cristo resucitado y en El al Padre en el Espíritu. Veremos al Padre desde el Hijo. La escena de la Transfiguración es una suerte de anticipo de la vida bienaventurada.

La vida eterna será dialogal y comunitaria, en la Iglesia de los santos: imágenes bíblicas del banquete escatológico y de la ciudad celestial que baja del cielo. Recordemos la dimensión comunitaria de la vida celeste.

“Dios es la ultimidad de la creatura, como cielo, ganado; como infierno, perdido; como juicio es probante; como purificador, purgatorio…pero del modo como se ha dado al mundo, en su Hijo Jesucristo, que es la revelación de Dios y el prototipo de la ultimidad del hombre”[5].

El cielo es entonces estar con y en Dios Trino. No es algo extraño a la creatura. Será la culminación de la existencia en recepción

Además de ser mi “Tú”, Dios es quien me ha pensado, querido, puesto en la existencia, que me lleva en mi identidad y así es más interior que yo mismo (Buenaventura), en un sentido no panteísta, es el yo de mi yo, lo que yo dispongo y acepto cuando acepto en profundidad, y que sin embargo no es yo mismo, sino el fundamento sin fundamento en el que yo descanso, me elevo sin poder separarme de El [6].

Yo soy este ser temporal, puesto desde la eternidad en la temporalidad, y ningún tiempo puede alejarme de este fundamento. Dios me crea y me agracia. “Yo en mí” sostenido por “yo en Dios”, por la idea que Dios tiene de mí, que me ha creado, de la que debí haber vivido, movido por su gracia y que es más propio que yo mismo cuando en la muerte enfrento los ojos de Dios[7].

Así como la vida de Jesús en la tierra no es para el Resucitado ningún pasado definitivo, tampoco la eternidad es para nosotros un puro futuro temporal. Lo que temporalmente corre hacia el fin, y permanece como perecedero, por la resurrección se convierte en cosecha eterna. Tocamos aquí la pregunta más misteriosa de la escatología. Somos aquel ser temporal que Dios ha pensado y querido y elegido ante El y en El. Estamos en Dios antes que en nosotros mismos. Con todo mi querer y mi amor propio estoy sostenido por mi “yo en Dios”, por la idea que Dios se ha hecho de mí[8].

Desde la eternidad y con miras hacia ella el hombre es puesto en el tiempo. Volviendo a Dios lleva consigo el tiempo consumado en su fundamento divino[9].

Vivimos en medio del hecho de la resurrección de Cristo, llevando la cosecha del tiempo en la eternidad. El sujeto que llega a la eternidad no deja su existencia temporal detrás suyo, como algo convertido en irreal o una mochila que tira, tampoco su ser separado de la existencia vivida, ya que su ser es idéntico con esta existencia. Esto no sería una redención del mundo y del tiempo sino un sentido redentor platónico-budístico centralizado en el alma al margen del mundo y su tiempo. La Escritura dice que hemos muerto con Cristo y resucitado en el cielo, y nuestra vida está escondida en el cielo, pero espera el tiempo para “aparecer con Cristo” (Col.3,4)[10].

Un sujeto (con su mundo) llega a la vida eterna, este mundo creación del Padre, va al Padre por medio del Hijo. No sólo la quintaesencia del mundo, sólo el alma, sino el mundo real mismo con todo su contenido, su historia, su curso, su grandeza y miseria, y esta grandeza sólo puede realizarse en forma temporal y perecedera. Todo esto, por la providencia de Dios y aún el error de los hombres recibe en la gracia de Cristo la absolución y el acceso a Dios[11].

La eternidad y el tiempo se articulan, no se excluyen. La encarnación en el tiempo muestra que se puede ser temporal y eterno. Cuando la creatura vuelva al cielo, lleva consigo la temporalidad consumada y vivida al fundamento divino. Se trata de la gran cosecha de Dios guardada en los graneros eternos. El cielo es nuestra existencia temporal vivida en el tiempo que parece pasado, ahora transfigurada como un todo, devenida verdad y amor en el eterno presente de Dios[12].

Dios ha llevado al cielo el cuerpo de Cristo en su Resurrección- Ascensión. Se trata de la consumación de la naturaleza nuestra humana por la gracia de la Resurrección. Se trata de la eternización de la creación a partir de la resurrección del Hijo[13].

Se trata de superar una oposición estricta entre tiempo y eternidad. Si Dios, el Eterno, se ha comprometido en el tiempo en Jesucristo, entonces el tiempo tiene lugar en Dios y recíprocamente en la vida y muerte de Jesús tiene lugar la entrada de lo eterno en el tiempo, un hecho que perdura en el don de su presencia en la liturgia y los sacramentos. Se trata de valorizar el presente.

La unidad de naturaleza divina y humana en la persona de Jesucristo nos brinda la llave para la determinación del tiempo y la eternidad que se comunican estrechamente. En su entrega obediente ha dado a su vida un sentido eterno. Como eterno Hijo del Padre ha “experimentado algo nuevo”, y ha inscripto en el espacio de la vida eterna una experiencia temporal[14].

Las experiencias humanas (nacer, trabajar, aguantar, morir, toda su proexistencia humana) pasan a ser experiencia del Dios eterno e inmutable. Pasando a nosotros, la consumación del hombre no es huída del tiempo sino cosecha del tiempo en la eternidad. Hay una comunicación entre tiempo y eternidad, libertad creada y creadora.

Aquí tienen lugar la liturgia y los sacramentos como temporalización de le eterna vida de Cristo, quien por su parte es la eternización de la temporalidad suya y nuestra en Dios. Cada tiempo del hombre ha sido rescatado por Jesús: el bebe, el niño, el joven, el adulto, en su vida oscura de Nazaret. La vida eterna de la creatura no es entonces novedad eterna en la que lo vivido es puro pasado o memoria. Por la resurrección de Cristo y en virtud de la unión hipostática (incoativamente para cada hombre), por gracia, el hombre pasa de su tiempo a la eternidad, de su tierra al cielo, de su mortalidad a la eternidad. Ver Heb.12,22-24; Ef.2,6; Col 3,1.3.

La eucaristía es temporalización del Resucitado y elevación de nuestro tiempo al resucitado, co-ofrecidos en su oblación.

Se trata de una substancial transformación obrada por la gracia en el cosmos que esperamos. Los cuarenta días del Resucitado son el supertiempo (anticipatorio) que atestiguan esta realidad de gracia. Son procesos, hechos, escenas que no dejan de recordar los hechos de la vida terrena. La pesca milagrosa del Tiberíades, Emaús y sus gestos, el camino del monte de los olivos…pero tienen ya un sabor de la vida resucitada[15].

Así la comida después de la resurrección no es más otra comida, sino la ilustración temporal de la cena eterna y de aquella comida en que ”estoy con vosotros hasta el fin del mundo”. El desayuno de la costa del lago concluye todas las comidas del Jesús terreno[16].

Se trata de una revalorización del tiempo, la paciencia del tiempo cotidiano, su no anticipación, anticipación en la que muchos padres veían la falta original.

La mística cristiana ve la relación de la existencia con la eternidad pre-mundana, pero no suficientemente ve lo post mundano: ve la eternidad del hombre en el pensamiento de Dios, no en la resurrección de Cristo y la nuestra en el mundo co-resucitado en El. Ve la caída de la creatura de Dios no la subida de la creatura por gracia en Dios. Es una vuelta de la escatología en protología: mira hacia el origen no hacia la consumación. Deja el tiempo como apariencia para asegurar el ya de la eternidad. Gana así la sombra de la eternidad. Algo rígido e inconmovible definido como pura oposición al tiempo, incapaz de asumir lo viviente temporal para eternizarlo sin destruirlo[17].

Somos la temporalización de una eterna idea de Dios por su libre obra creadora, y nuestra eternidad en Dios es la eternización en Dios de todo nuestro tiempo vivido: purificado por la gracia, la cruz, el juicio y el fuego del día del Señor para alcanzar la pureza que exige la existencia en el espacio interior de Dios[18].

Lo que el hombre deja en el mundo por voluntad de Dios lo volverá a ganar en Dios. Quien no quiere sujetar al Resucitado sino dejarse llevar y elevar por El va a experimentar hacia dónde va su camino[19].

Comprendemos quizás que el mundo debe morir. Pero una vez esta muerte fue la obra del amor de Dios. Esta vez fue suficiente para todos. Con confianza, esta vez nuestro amor puede confiar que en la muerte no muere todo, non omnis moriar y así colaborar a la transformación de todo. La espina de la muerte ha sido sacada, y esto brota de la fuerza de la unión hipostática. Nuestro amor no basta si no es puesto al rojo por el amor divino en nosotros[20].

En la liturgia hacemos presente lo escatológico. En ella adelantamos lo que esperamos. Toda eucaristía es parusíaca. En ella abrimos nuestro tiempo a Dios. Se abre a la luz de Cristo que atraviesa nuestro tiempo. Fuente o manantial de la vida de Cristo, de donde mana la vida y la gracia. Fuente de la que se bebe vida eterna.

Balthasar expresa con convicción y audacia el misterio de la consumación del hombre sellado por el tiempo, en la vida eterna de todos los resucitados, y lo hace a partir del modelo originario de Cristo resucitado, utilizando con agudeza los encuentros con el Resucitado acontecidos durante los cuarenta días, en la cronología de Lucas. El teólogo balbucea la articulación entre tiempo y eternidad resucitada. Abre así la puerta a este insondable misterio.

[1] Sacerdote, San Isidro, Miembro del Consejo de la revista. Fragmentos de un retiro predicado a las monjas benedictinas de Suyuque, San Luis.

[2] Citado en TD II, 1, 263.

[3] K.Hemmerle, Chiamati e inviati, Cittá Nuova, p.55.

[4] Hans Urs von Balthasar, Eschatologie in unserer Zeit, Johannes, Freiburg, 2010, p.83.

[5] Balthasar, Schr. der Theologie, I, Umriss der Eschatologie” 282.

[6] Balthasar, Eschatologie in unserer Zeit, Johannes, Freiburg, 111, en adelante EZ.

[7] Balthasar, EZ, 112.

[8] Balthasar, EZ, 81.

[9] Balthasar, EZ, 81.

[10] Balthasar, EZ, 77.

[11] Balthasar, EZ , 78.

[12] Balthasar, EZ, 112.

[13] Balthasar, EZ, 115.

[14] Balthasar, EZ, 129

[15] Balthasar, EZ, 79.

[16] Balthasar, EZ, 80.

[17] Balthasar, EZ, 82.

[18] Balthasar, EZ, 83.

[19] Balthasar, EZ, 83.

[20] Balthasar, EZ, 85.

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