Enfermedad y libertad

Alberto Espezel[1]

 

 

Un mundo herido por el mal.

Tanto el mal-desgracia (desgracia objetiva: enfermedad; accidente inculpable; terremoto; tormenta destructora, etc.) como el mal-pecado (daño violento, opresión económica, injusticia, violación, acoso, calumnia, accidente culpable, omisión, etc.) están incrustados en nuestra existencia de modo ineludible. Vivimos un mundo herido por el mal, pero nuestra sociedad de la publicidad, el consumo y el utilitarismo se empecina en negar el mal, en vivir escondiéndolo, disfrazándolo, sacándolo de la vista, callándolo y no llamándolo por su nombre, mintiendo a sabiendas o sin saberlo, banalizándolo.

Para algunos autores, las leyes de la evolución, que apuntan al surgimiento del hombre libre capaz de amor al Dios de la alianza y amor al otro,  resultan también causa del nacimiento de males naturales que llenan la vida de sufrimiento. El mal-desgracia (enfermedad, terremoto, etc) sería una consecuencia necesaria e inevitable de la evolución, en la que ella diseñaría como bosquejos preliminares de la libertad del hombre libre, de una manera indeterminada, probando y tanteando posibilidades una y otra vez. La creación del hombre libre no sería un ordenamiento estático sino dinámico, indeterminado, marcado por pruebas, tanteos evolutivos que, como reverso de la medalla, son causa de sufrimiento del hombre ya desarrollado. Se da así en la creación un lado negativo, no siempre logrado, que desencadena el dolor.  Y de manera análoga, respecto al mal-pecado, si Dios quiere al hombre libre en un mundo de hombres libres, aparece allí también el lado negativo de la libertad, como sufrimiento estructural inevitable, sellado ya desde el pecado primordial.

El sufrimiento aparece entonces como la contracara de la libertad, como la contracara de la libertad que lleva y permite el amor. Un Dios que impidiera la libertad impediría también el amor, y el amor sin dolor aparece como imposible. A esto agregaríamos que vivimos el dolor en un mundo marcado por el pecado, donde se nos dificulta la conciencia de sabernos seguros en presencia del amor de Dios que nos sostiene. A su vez, el Maligno despersonaliza y daña nuestra relación con Dios y el pecado primordial daña negativamente nuestro margen positivo de acción en este mundo sellado por estos aspectos negativos.

Esta realidad es un misterio que nos puede  llevar a veces a negar a Dios, y otras veces, en forma más creativa y sana, a planteárselo a Dios, y a poner ese mal en el medio de nuestra alianza con El.  Pedir, buscar, llamar, llorar, preguntar a Dios. Como el salmista, como Job, como  Jesús. La oración explicita ante Dios nuestro sufrimiento, recibiéndonos de El y poniéndonos en sus manos, en un horizonte de fe que puede abrir a la esperanza y la confianza.  Que Dios nos ponga en un mundo marcado por el mal desgracia y el mal pecado no significa que nos imponga en forma directa el mal para castigarnos. Dios permite el mal, nos hace libres, y nos ayuda en Jesús a vivirlo como prueba y en lo posible vivirlo oblativamente y de algún modo sobrellevarlo.

Se trata de resistir el sufrimiento sin ceder a él, pero sin devolverlo en una agresión nueva. Aguantar desde el amor, y romper la cadena de sufrimiento y de violencia. El Nuevo Testamento habla a menudo de soportar por amor, sostener por amor, como el Siervo, como Jesús, como Pablo pide a sus comunidades.

La enfermedad como límite.

Digamos cosas obvias. Los distintos tipos de enfermedad (mal-desgracia) constituyen un límite objetivo, de mayor o menor envergadura. Aún antes de entrar en el misterio del dolor, coartan en un cierto sentido nuestras capacidades, a veces, nuestra libertad de movimientos, nuestra posibilidad de llevar adelante una vida normal. Nos obligan a veces a dejarnos llevar por otros, a no poder hacer lo que antes sí hacíamos. Coartan nuestra autonomía primera y empírica.

Nos introducen en el largo laberinto médico de hoy: reserva de horario, espera, estudio, espera del resultado, consulta, vuelta al médico, diagnóstico dudoso, vuelta al estudio, consulta, diagnóstico definitivo (¿), prueba de medicación, ajuste de medicación, daño del sueño, nueva visita al especialista, análisis pre quirúrgico, internación, cirugía, post cirugía, informe de cirugía, alta, vuelta a casa,  cansancio, etc. Todo esto lleva tiempo, espera, ausencia del trabajo, empezar a sentirse inútil (quizás pre jubilado). Esto supone inactividad, dependencia, pasividad forzada, exclusión anticipada del ritmo normal del trabajo, exposición de la propia situación a los demás, formas de soledad, preguntas propias y ajenas.

Omnipotencia narcisística.

El  talante de nuestra sociedad es lo que Greshake llama la omnipotencia  del narciso joven y casi adolescente. Sacar el jugo a la vida hasta la última gota. Todo es factible, Se debe rendir al máximo. Hay que potenciar el rendimiento. El triatlón parece una buena imagen del actual way of life, , prometeico, o aún el conquistar todas las montañas de ocho mil, sin detenerse a contemplar más de dos minutos el mundo como creación y regalo de Dios al hombre.

El que es incapaz de prestaciones por su situación personal enferma, incapaz de trabajo, es inútil, resulta un peso para la sociedad. La persona vale por lo que hace, no por lo que es. El limitado, enfermo, sufriente, discapacitado, viejo, cercano a la muerte,  es inútil, marginado,  retirado de la visual. Es una varíante negativa de la vida humana normal, anómala, y no una variante normal de la vida humana en condiciones más difíciles. El discapacitado parece amenazar al estilo de vida normal, hecha de vastas  e inagotables experiencias, viajes remotos, playas incomparables, vuelos en parapentes insospechados.

Los enfermos y discapacitados, los ancianos, los pobres, ponen ante los ojos el hecho fundamental de que la vida humana tiene límites, es un don limitado también por el límite por excelencia, que es la muerte. Nos enseñan una verdad decisiva de nuestra propia existencia: no sólo que en el futuro he de pasar por el camino de la muerte, sino también que ya ahora tengo una vida que me es dada, regalada, condicionada,  y que he de vivirla en recepción y gratitud sabiendo que no soy el absoluto señor autónomo de mi vida.

 

 

Alejar y no ayudar.

Muy a menudo hoy día se esconde el mal y especialmente el mal  incurable, se excluye de la sociedad y la familia al enfermo o anciano, evitando la compañía y el seguimiento paso a paso de la evolución o la declinación del anciano o enfermo. Se evita el temor del contacto directo con la decadencia del sujeto.

Se trata de alejar, quitar, separar, olvidar en parte a estos hermanos que molestan nuestro estilo de vida. Y aún aquellos que se dedican por profesión al trato con los enfermos, corren el riesgo de olvidarse de la persona concreta y objetivan la enfermedad en sí como una realidad al margen de la persona humana que la sufre, un “caso” más, de tipo más o menos técnico o científico, que hubiera que tratar en forma independiente del paciente de carne y hueso.

El diálogo médico (enfermera/o, familiar) con el enfermo es reducido al mínimo necesario. Mientras que lo que el enfermo necesita es el consuelo de la cercanía en la situación disminuida en que se encuentra. Sólo quien afronta en serio los límites de su propia vida (familiar primeramente, médico, enfermero, amigo) puede ayudar verdaderamente al prójimo necesitado, porque el enfermo nos muestra nuestra propia realidad menesterosa.

Es imperioso recuperar la memoria de Mt.25: “estuve enfermo o preso y vinieron a verme”  porque Cristo es el enfermo o preso.

Aceptación y superación.

Aceptar el límite, aceptar la enfermedad, aceptar la propia pequeñez y pobreza. Asumir la verdad de la propia enfermedad o la enfermedad ajena. Asentir el límite que me hace pequeño. No callar al otro la verdad de su estado, ya que callar puede ser una forma de escabullirse del acompañar en verdad. El enfermo está lleno de preguntas. Se trata de acompañar al enfermo en el esfuerzo de la aceptación de su estado, y aún del lento trabajo de aceptación del límite. Decir la verdad al enfermo es permitirle asumir el regalo del tiempo que Dios todavía le da y el asumir con lucidez, en lo posible, su entrega oblativa, su devolución en acción de gracias, al Dios que nos ha dado la vida.

Saber escuchar, entrar o adaptarse al tranco del otro, como diría el criollo, darse tiempo para escuchar la queja, la lamentación, el llanto del otro. Tiene que haber espacio para las lágrimas en nuestro mundo, que tiene vergüenza de esa expresión humana fundamental que son las lágrimas demostrativas del dolor (del otro y del propio). Las lágrimas no son pura violación de la correctness  anglosajona, y el mundo griego y mediterráneo nos enseña a saber expresar con verdad nuestros sentimientos.

Pero para ello hace falta tiempo, recato, recogimiento, intimidad, silencio atento al otro, abrirle la oportunidad de la apertura y confesión. A partir de lo cual se desarrolla el proceso de aceptación.

Con razón afirma Benedicto XVI: “El individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de purificación y maduración, un camino de esperanza. En efecto, aceptar al otro que sufre significa asumir de alguna manera su sufrimiento, de modo que éste llegue a ser también mío. Pero precisamente porque ahora se ha convertido en sufrimiento compartido, en el cual se da la presencia de un otro, este sufrimiento queda traspasado por la luz del amor. La palara latina con-solatio, consolación, lo expresa de manera muy bella, sugiriendo un  ser-con en la soledad, que entonces ya no es soledad. Pero también la capacidad de aceptar el sufrimiento por amor al bien, de la verdad y de la justicia, es constitutiva de la grandeza de la humanidad…Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis (Bernardo), Dios es impasible, pero no incompasible. Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder compadecer El mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer (subrayado nuestro); de ahí se difunde en cada sufrimiento la consolatio, el consuelo del amor participado de Dios, y así aparece la estrella de la esperanza. Ciertamente en nuestras penas y pruebas menores siempre necesitamos también nuestras grandes o pequeñas esperanzas: una visita afable, la cura de las heridas internas y externas, la solución positiva de una crisis, etc. También estos tipos de esperanza pueden ser suficientes en las pruebas más o menos pequeñas. Pero en las pruebas verdaderamente graves, en las cuales tengo que tomar mi decisión definitiva de anteponer la verdad al bienestar, a la carrera, a la posesión, es necesaria la verdadera certeza, la gran esperanza de la que hemos  hablado” (Spes Salvi, 39).

Mürir sans pourrir (madurar sin podrirse, sin corromperse) decía el sabio Jean Guitton. La enfermedad puede abrir puertas, puede abrir al sentido de la vida de aquí y de más allá. Puede abrir al sentido de la propia pequeñez, de la propia verdad, y ello es una obra de maduración.

Entremos al sentido del dolor. El dolor en serio (quand on souffre vraiment, on souffre toujours mal: Henri de Lubac) es un misterio , que pide mucho  respeto y silencio.  Sólo unido al Crucificado puede tener alguna orientación o sentido (Col.1,24). El Crucificado nos habla del amor compasivo de Dios, y cómo Jesús sostiene y abraza todo dolor del hombre. Se trata de entregarse con mansedumbre, como el Siervo, que se deja llevar, a quien nos lleva con amor. Y este entregarse paradójicamente no significa el no pelear contra el dolor, con los medios que la medicina de hoy nos brinda.

Espera y esperanza.

El Crucificado- Resucitado ilumina el camino, nos acompaña en el camino,  nos da la mano para el salto (del arroyo fragoroso, como recuerda don Olegario González), y nos recibe del otro lado en el abrazo. Hemos de esperar con confianza en El. Confianza en sus caminos que se integran a los nuestros, gracias a un diálogo orante. “El verdadero pastor es aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: El mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con El, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en a muerte y que con su “vara y su cayado me sostiene”, de modo que “nada temo” (cf.sal.22,4), era la nueva “esperanza” que brotaba en la vida de los creyentes” (Spe Salvi 6).

Y ahora viene el tema del tiempo. El tiempo del enfermo, con o sin dolor, del largo día, de la larga noche, de la interrupción del sueño por un trámite médico a veces algo burocrático (es necesario tomar la presión cada dos horas?), de la luz superior del cuarto que enceguece y se han olvidado de apagar, del timbre a la enfermera no escuchado, de la sed no saciada, de la soledad, de los ruidos del hospital y de la ciudad en la noche interminable.

También se trata de redescubrir el valor del presente, del tiempo corto, del instante regalado, donado y abierto a la plegaria, a la entrega oblativa repetida una y otra vez hasta el momento decisivo, y que cubre también las oscuridades futuras que puedan llegar a ser inconscientes.

Esperar acompañado no es lo mismo que esperar solo. Esperar acompañado es esperar  con el hermano, con la esposa, con el hijo, con el personal de la salud, con el parroquiano que trae la comunión, en Iglesia, en la comunidad creyente en Jesús. El “nosotros” de este esperar tiene un valor incomparable, es fuente de un consuelo insospechado, de una presencia que habla de otra Presencia, que habla de su providencia y su memoria personal.

La esperanza nos mueve a esperar la vida nueva, filial y resucitada, a partir de Dios, del Dios trino,  de Dios mismo, en Jesús resucitado. El Espíritu sostiene la esperanza y la abre al futuro nuestro en Dios. Hay un ejercicio orante de esperanza que sostiene en el camino, que abre al enfermo al futuro en la fe en el Resucitado.

Si el hombre es futurizo (Julián Marías), abierto al porvenir, la Pascua nos enseña que tenemos futuro, un futuro abierto en la persona del hermano universal (Cristo), que nos da nuestra identidad definitiva, por el don del Espíritu, en el misterio de la Iglesia.

[1] Reflexiones a partir de la lectura del libro Perché l’amore di Dio ci lascia soffrire?  de Gisbert Greshake. Queriniana,2008. El P.Espezel es profesor de Teología Dogmática en diversos institutos.

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