El tiempo, los jóvenes y la tecnología

 

Matías Barboza[1]

 

“Paradójico, el tiempo, todo lo da y todo lo quita. Porque el reloj gobierna la rutina de los hombres, nada hay más objetivo que el tiempo, pero también nada hay más subjetivo que él cuando la espera lo paraliza y la emoción lo acelera. Nada más personal, nada más compartido. Nada más abundante, nada más escaso. El tiempo está en todas partes y en ninguna. Es la forma de ser y de no ser. El tiempo es puente, pero también abismo. Desechable, inmortal. La vida está hecha de tiempo, pero así mismo es una carrera contra el tiempo”[2].

 

Estado de situación

Correr contra y detrás del tiempo, quizás sea esta una de las imágenes que más reflejan al joven del siglo XXI. Correr detrás de las tantas y variadas ocupaciones que atraviesan la semana. Correr en cada espacio en el que desarrollamos nuestros más diversos intereses. Correr detrás de los diferentes vínculos que forjamos en las múltiples actividades que desarrollamos. Correr detrás del último producto que ha salido del mercado. Correr detrás de la exigencia del disfrute de cada instante, del goce continuo, de la alegría constante. Aprovechar cada momento al máximo sin perder ni una sola oportunidad de las que se nos presentan. La vida se vive una sola vez. Cada día nos encontramos en la vertiginosa carrera de vivir cada ocasión como si fuera la última, de exprimir cada experiencia hasta tocar los límites más extremos de nuestra condición[3].

A estas numerosas exigencias que nos apremian, exigencias de goce constante, de aprovechar el momento, de presencia continua en las diversas relaciones y ámbitos que desarrollamos, debemos agregar una nueva vivencia del tiempo que se ha ido gestando a partir del asombroso e inquietante avance tecnológico. Éste atraviesa y acelera nuestro tiempo. Ha trastocado nuestra conciencia del espacio y del tiempo. Permite la presencia de una persona en diversos espacios en un mismo instante. Permite la oportunidad de viajar de un espacio a otro en lapsos cada vez más breves. Posibilita acceder a la información, adquirir conocimiento en una velocidad impensada hace unos años[4]. Posibilita opinar, dirigir, resolver un asunto desde el otro lado del mundo.

Quizás sea interesante pensar que no es casualidad que los trastornos de ansiedad (estrés, ansiedad generalizada, ansiedad social, por nombrar algunos) se hayan vuelto una de las problemáticas psicológicas más presentes en nuestro siglo[5]. El apuro por conectarse con todo lo que me rodea, por estar en todo lugar al mismo tiempo, por resolver todo conflicto rápidamente, inquieta, impacienta, preocupa.

“el mundo tecnológico va a favor de generar ansiedad. Buena parte de la demanda hoy está en tener más velocidad, más megas y más necesidad de tener cosas bajo control. Y cuantas menos chances hay de controlar, más ansiedad hay”[6].

 

¿Dejar de correr es posible?

En medio de este laberinto de posibilidades que se abren a cada instante. En medio de momentos efímeros que se nos escapan de nuestras manos. Escucho que brotan frases de mi interior: “Cuando tenga tiempo voy a…” “Quisiera tener más tiempo para…” “No tengo tiempo de…” Freno un instante y me pregunto si no he ido demasiado apresurado, si no he hecho demasiado en tan poco tiempo que no he podido ni siquiera traducir, decantar, comprender lo realizado. La posibilidad de frenar, de darse un momento para escuchar permite que broten otras preguntas del interior del hombre ¿Qué es lo que deseo en lo profundo? ¿Qué me plenifica de todo lo que estoy realizando? ¿A dónde estoy yendo? ¿Qué vínculos deseo? En definitiva ¿Qué es lo que quiero hacer con mi tiempo?

Estas preguntas no sólo necesitan tiempo para ser escuchadas sino también para ser respondidas. La velocidad con la que realizamos las demás actividades no es permitida en este ámbito de míser. No es posible apurar la respuesta a estas preguntas existenciales que el hombre advierte en su interior. El tiempo de inactividad será una de las claves para responder dichas preguntas. Las frases que brotaban de mi interior tienen ahora que ser escuchadas. Si ellas resuenan es porque no he sido capaz de contestarlas en la velocidad de mi vida. Darme tiempo para escuchar mi interior será el camino para responderlas.

Mientras vuelco estos pequeños pensamientos en la hoja no puedo dejar de pensar en la experiencia que vivo en cada retiro de jóvenes (alrededor de 16 y 17 años) que acompaño. El momento de los desiertos, en el que se invita al silencio, la soledad y la introspección, no deja de ser un desafío tremendo para ellos. Es un tiempo incómodo, aparece la necesidad de los celulares, de la música para tapar el silencio y el tiempo lento de la inactividad. El vertiginoso y atropellado ritmo de vida debe aquietarse para poder reposar y escuchar.

Las preguntas que a todos inquietan necesitan tiempo y silencio. En el silencio, el tiempo deja de ser el tirano que conduce mi vida y se vuelve puente, oportunidad, desafío, posibilidad.Vuelvo a ser dueño de mi existencia porque puedo escucharme, comprenderme y decidir qué hacer con mi tiempo. Heidegger dirá que “el escuchar es el dejar-se-decir”[7]. Escuchar tendrá que ver con dejar que nuestra verdad hable desde el silencio[8]. De hecho, continuará Heidegger, toda palabra verdadera, y podríamos decir toda acción verdadera, necesitará brotar del silencio más profundo que permita a la verdad de-velarse.

En un momento histórico en el que el tiempo puede transformarse en un voraz consumidor de nuestra energía y de nuestra existencia, el tiempo de silencio será una de las claves para vivir.

 

Somos en el tiempo

Las innumerables oportunidades que se nos abren y extravían a cada instante nos revelan el tiempo como abismo, impedimento, límite. Tantas situaciones que se nos escurren entre nuestras manos nos transparentan nuestra temporalidad, nuestra incapacidad para el todo. La finitud se vuelve patente y nos golpea con su severidad más profunda. El tiempo que atraviesa cada dimensión humana nos obliga a mirarlo de frente o a perdernos en medio de la desesperación y la ansiedad de no lograr la plenitud.

Asumir la propia temporalidad será una nueva clave para nuestro tiempo. Somos en el tiempo, cada movimiento, cada acción, cada deseo, cada proyecto, cada sueño está circunscripto al tiempo.

Asumir la temporalidad humana, descubrirnos seres-en-el-tiempo implica aceptar tres realidades que nos atraviesan: nuestro ser-para-la-muerte, nuestra imposibilidad de realizar todo y nuestro ser en proceso.

El primer aspecto a analizar será asumir nuestra finitud más profunda, concientizarnos de que vamos a morir. Heidegger trabajará con detenimiento esta temática humana.

“El tomar conciencia de esa posibilidad extrema suya y “la más propia”, que es la muerte, le permite al Ser-ahí ver su existencia como una totalidad, que fue entregada a su responsabilidad para promoverla en un solo lapso finito”[9].

Heidegger propondrá tomar conciencia de la propia muerte como la clave de una existencia auténtica. Evidenciar nuestra finitud nos permite descubrir que el peso de toda nuestra vida descansa en nuestras propias decisiones.

Sin embargo el hombre escapa de esta verdad profunda que puede angustiarlo profundamente. Entonces busca distraerse perdiéndose en el uno y viviendo una vida inauténtica. El hombre puede vivir toda su vida una existencia inauténtica, que se disipa en el uno, en el impersonal, actuando como uno actúa (como se actúa), pensando cómo se piensa[10]. Esta forma de vida le permite al ser humano sentirse protegido por los otros, vive lo que los otros comprenden, interpretan, sienten, experimentan. Se sostiene en los otros y no experimenta el peso de su libertad y responsabilidad, olvida su vulnerabilidad. De ese modo vive inadvertido de su temporalidad y por lo tanto vive en la inautenticidad. Asumir el tiempo como límite absoluto de la existencia nos permite asumir con coraje las riendas de nuestra propia vida.

El segundo aspecto que deseamos repensar es asumir que no todo puede ser realizado. Los jóvenes con la potencia de la tecnología y la velocidad de la comunicación podemos llegar a experimentar posibilidades impensadas hasta hace pocos años. La sensación de llegar a los lugares más recónditos con un simple “click” nos hace por momentos creer que podríamos presenciarlo todo en un solo instante.

Sin embargo, la ilusión se cae cuando se encuentra con decisiones profundas que implican renuncias profundas. El joven debe aceptar, muchas veces con dolor, que no lo puede todo. Debe elegir y elegir implica renunciar a aquello que ya no volverá a ser. La omnipotencia que pareciera ofrecer los inmensos avances tecnológicos se desploma cuando experimenta que muchas posibilidades incompatibles con sus propios proyectos elegidos en libertad. Hay un tiempo que permite una determinada cantidad de opciones a ser realizadas. Asumir la imposibilidad de realizar todas las posibilidades permite tomar conciencia del valor de cada opción a realizar.

El último aspecto para analizar es el asumirnos como un proceso. Muchas veces lo que cuesta aceptar de la existencia humana es nuestro necesitar tiempo para realizar cualquier acción. La necesidad de obtener todo en la inmediatez me hace perder la tranquilidad. Me hace vivir en la ansiedad y el apuro por obtener resultados rápidamente. Asumir que cada realidad que vivo necesita tiempo para ser vivida, para ser lograda y realizada es un desafío profundamente actual. El hombre es proyecto, se realiza en el tiempo. Todo proyecto, todo propósito implica tiempo para ser consumado.

Aceptar que el proceso es parte de cada decisión y acción permite vivir los objetivos, los cambios y los proyectos como itinerarios que tienen diversas etapas y momentos. Aceptar que toda realización humana no puede prescindir de esta dimensión permite aprender a disfrutar del recorrido. Los grandes objetivos se transforman en pequeños propósitos que nos conducirán a la meta deseada. Cada uno podrá ser celebrado porque en los diversos momentos del proceso voy logrando transitar el camino.

 

Ganar o perder tiempo

La sensación de que el tiempo sigue corriendo aunque nosotros no lo deseemos y que jamás podremos recuperarlo; la experiencia de que no terminamos de aprovechar los momentos que vivimos, puede hacernos sentir que estamos perdiendo el tiempo.

Leonardo Polo[11] nos propone pensar nuestra temporalidad desde una perspectiva ética. El tiempo corre y existen formas de vivirlo éticamente. Podemos dejarlo pasar sin que éste nos deje nada a cambio. Podemos sentir que las manos nos quedan vacías de contenido, de experiencias, de vida, de sentido a medida que transcurre nuestra vida. Pero también podemos, vivirlo éticamente, haciendo de éste una oportunidad de crecimiento, de maduración, de despliegue.

“¿Cuál es el modo puro de ganar el tiempo? Para un viviente es crecer. Un ser viviente que esta creciendo no pierde el tiempo de ninguna manera, sino que usa el tiempo a su favor. El tiempo no le desgasta, sino todo lo contrario: le viene muy bien”[12].

Ganarle al tiempo es sentir que de alguna manera éste nos está dando crecimiento. El tiempo compartido con otro, a solas y en silencio, el tiempo de ocio, de estudio, de trabajo, de disfrute, de gozo, el tiempo de dolor y cansancio puede ser tiempo ganado.

En estas épocas de tiempos precipitados, habrá que permitirse el momento para realizar un verdadero y profundo discernimiento y lograr responder las siguientes preguntas: ¿Qué aspecto de mi temporalidad me cuesta más asumir? ¿A qué dedicamos nuestro tiempo? ¿Por qué? ¿Qué actividades me hacen verdaderamente crecer? ¿Qué cosas son las que valen realmente la pena? ¿Qué cosas son necesarias? ¿Qué deseo profundamente hacer con mi tiempo?

[1] Profesor de Filosofía, casado, dos hijos.

[2]Julián Serna Arango,Revista Palimpsestvs No. 1 de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá: Unilibros, 2001. p. 120-127.

[3] “La historia del capitalismo se ha caracterizado por una aceleración en el ritmo de la vida, con tal superación de barreras espaciales que a veces parece que el mundo se desploma sobre nosotros; y que los horizontes temporales se acortan hasta el punto de convertir al presente en lo único que hay… por lo cual debemos aprender a tratar con un sentido abrumador de compresión de nuestros mundos espaciales y temporales. (Harvey, 2004)”. Roditi-Vizcaíno, S. (2006). La construcción sociocultural del tiempo. Comunicación, tecnología yvínculo social. Tesis de maestría, Maestría en Comunicación de la Ciencia y la Cultura. Tlaquepaque, Jalisco: ITESO, Pag. 81.

[4]“Jeremy Rifkin (2001), presidente de la Fundación de Tendencias Económicas de Washington, asegura que vivimos atrapados en “la cultura del nanosegundo”. Se pregunta si es posible que la revolución de la información y de las telecomunicaciones esté acelerando la actividad humana a un ritmo tan alarmante que nos estemos arriesgando a causar un grave daño a nosotros mismos y a la sociedad”.Ibid, Pag. 84.

[5]Según una encuesta realizada en Estados Unidos en el 2005 (NationalComorbiditySurvey-R, USA) el 29 % de la población vive alguno de los trastornos llamados de ansiedad. Estadística publicada en http://www.centroima.com.ar/informacion_estadisticas.php.

[6]Daniel Bogiazian, Dr. en Psicología y presidente honorario de la Asociación Argentina de Trastornos de Ansiedad, “El estrés y la vida moderna”, diario La Nación, 10 de noviembre de 2013.

[7] Martin Heidegger, Unterwegs zur Sprache, trad. Yves Zimmermann, De camino al habla, Serbal, Barcelona.

[8]Muchas prácticas orientales de respiración y de meditación han sido adquiridas en el último período en occidente, quizás en la búsqueda de apaciguar nuestro ser y escuchar los movimientos del corazón. La oración cristiana también ha desempolvado antiguas prácticas que revalorizan el tiempo de silencio y la necesidad de aquietar nuestro ser: la meditación, la adoración, la Lectio divina. Muchas de éstas habían quedado reservadas para los monasterios y algunos ámbitos religiosos.

[9]Jaime Vélez Sáenz, La estructura ontológica del ser-ahí en Heidegger, Ideas y valores,Vol. 26, Núm. 48, Pag. 37, 1977.

[10]Cf. Martin Heidegger, Sein und Zeit, trad. José Gaos, Ser y Tiempo, ed. Fondo de cultura económica, México D.F., pag. 143.

[11]Cf. Leonardo Polo, Quién es el hombre: un espíritu en el mundo, Ed. Rialp, Madrid, 2003, Pag. 108 ss.

[12]Ibid, Pag. 109.

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