Diálogos Communio

Comentarios de Communio a partir de la ponencia de O. González de Cardedal a la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que se encuentra en Internet y que a su vez hemos publicado en nuestra revista (junio de 2014):

olegario2

www.racmyp.es/intervenciones/INTERVENCIONES.CFM?i=1480&t=t

 

 

De Ratzinger a Bergoglio o los vuelcos de la Iglesia 

Ratzinger Bergoglio 2

 

1. Mediación privilegiada de la cultura y religión popular para reflexionar teológicamente sobre la pastoral. En lugar de una teología de la liberación con tintes dialécticos de conflicto de clases.

Espezel: el tema tiene el mayor interés, también por su carácter argentino y latinoamericano. La pregunta obvia sería: ¿por dónde encarar la evangelización de las clases medias urbanas ya alejadas, por lo menos en parte, de esta religiosidad popular (más típica del interior, los Andes, el Nordeste, las periferias  urbanas) y bastante cercanas a la secularización reinante en los países del Norte?

Hoevel: La apelación a la cultura fue una vía de salida original proporcionada especialmente por algunos teólogos argentinos para la encerrona dialéctica en la que había quedado atrapada buena parte de la teología latinoamericana. El pueblo de Dios deja de tener un rol político y socialmente revolucionario, lo cual contradecía de modo evidente las líneas centrales de la Revelación, para convertirse, a través de su particular forma de apertura a lo religioso, en un lugar teológico privilegiado. Así, la teología política latinoamericana–que en realidad había sido heredada por los teólogos locales de sus maestros alemanes- se desinfla y es gradualmente reemplazada con gran habilidad académica y eclesial por la llamada teología del pueblo, de inspiración ya no marxista, sino más bien romántica. En estos últimos meses hemos presenciado a nivel pontificio –primero con Benedicto y ahora con Francisco- los ceremoniales de la reconciliación oficial entre la ortodoxia magisterial y la teología de la liberación. Sin embargo, esta reconciliación huele más a reconocimiento implícito de la derrota completa y sepultura final de esta última y, al mismo tiempo, a la inclusión de la teología del pueblo, encarnada en alguna medida en Francisco, dentro del panteón de las teologías oficialmente admitidas. Sobre este punto creo que el juicio de González de Cardedal sobre la posición teológica de Francisco con respecto a la teología de la liberación es de una claridad meridiana. Lo que no aparece tanto entre las consideraciones de don Olegario es un análisis acerca del contenido de la teología del pueblo que Francisco adopta, aunque creo que sólo parcialmente. Sería muy largo referirme a ello aquí pero creo que para nosotros en la Argentina dicha teología es relevante, especialmente por el problema complejo que plantea si exalta la cultura popular hasta tal punto que la pone por encima de la cultura universal la cual siempre ha tenido un papel fundamental para el Catolicismo en la mediación entre fe y razón. Si la cultura es entendida en un sentido puramente etnográfico como el conjunto de prácticas y valores de un grupo dado que no pueden ser juzgados por parámetros externos al grupo mismo, me parece que se corre el riesgo de caer en un culturalismo o un romanticismo de lo popular cerrado a la necesaria conexión con la cultura en sentido universal. Todavía es más problemática, en mi opinión, la tendencia de quienes directamente oponen la cultura popular al resto de la cultura considerando todo lo no popular como “racionalista,” “elitista” o “burgués”, lo cual termina por fomentar la exclusión de los más pobres en guetos sin conexión con el resto de la sociedad.

Videla: Respondo como no especialista de modo general y enfatizando la cuestión de la Teología del Pueblo o de la Cultura.

La Teología del Pueblo está impregnada de una visión política de la realidad. Ya en el intento de precisar el concepto de “pueblo” en la Argentina se apela a la línea nacional y popular de los caudillos federales, el yrigoyenismo y por supuesto el peronismo, o a las multitudes que peregrinan movidas por su religiosidad popular y últimamente los habitantes de los barrios villeros.

Tratando de discernir el camino de peregrinación del “Pueblo de Dios” en la historia, del que es sujeto o actor principal, se utilizan categorías y conceptos que  llevan a la política. El riesgo de un larvado inmanentismo está presente.

La Teología de la Liberación tomó como modelo político el socialismo, en particular algunas experiencias latino americanas, pero como bien dijo el Cardenal Ratzinger el modelo socialista parecía sintetizar la igualdad de todos, la eliminación de la pobreza y la paz al mundo, pero en su lugar hoy podemos observar el panorama de escombros que ha dejado esa teoría y praxis social.  La caída del Muro de Berlín, fue entonces como el ocaso de los dioses para estas corrientes, que se quedaron sin una referencia histórica válida y presentable.

La Teología del Pueblo o de la Cultura eligió otros modelos políticos, tal vez el más importante fue el Peronismo. Julio Bárbaro, cofundador del movimiento Guardia de Hierro y colaborador de varios teólogos destacados en los sesenta, decía recientemente, que la expectativa del regreso de Perón en los setenta fue equivalente al advenimiento del Mesías y la instauración del Reino.  Sin embargo, el Reino no llegó y en su lugar con Perón vinieron los Montoneros y López Rega.

2. Lo primero es la misericordia gozosa, con atención a los pobres, los marginados, (a diferencia de Benito para quien lo primero era la verdad, el amor, la libertad).

Espezel: el anuncio  gozoso de la misericordia y el perdón a todos, como nota distintiva de lo cristológico, nota distintiva de Francisco, me recuerda muchos pasajes del mismo Olegario, quien en contra de una tradición hispánica (y francesa) decimonónica estrecha y pacata, quiere en cambio acentuar la primacía de la gracia que salva y que consecuentemente origina conversión. Y allí aparece la nota gozosa y aún lírica del anuncio salvífico, consecuencia del amor de Dios que viene en Jesús. Luego vendrá una respuesta de amor y cambio, con sus aspectos morales consecuentes. Pero el acento primero es decisivo para entender el anuncio salvífico. La moral es así segunda (no secundaria).

Di Ció: Está claro que el anuncio de la misericordia, en palabras y gestos, es la prioridad de Francisco. Forma parte de su identidad y así lo vivió entre nosotros como arzobispo de Buenos Aires. La ternura de Dios pertenece a la entraña del Evangelio y el Papa habla de ella, con gran naturalidad, a un mundo que tiene inmensa sed de cariño. Es obvio que todavía hay muchos cristianos que arrastran imágenes deformadas de Dios. Creo sin embargo, que no debemos olvidar cuánto hizo san Juan Pablo II en este sentido. Junto a la extraordinaria encíclica, Dives in misericordia, promovió la devoción a Jesús Misericordioso, canonizando a Faustina Kowalska e instituyendo oficialmente la Fiesta de la Divina misericordia (2º domingo de Pascua). Tampoco soslayaría la implicancia de Dios es amor, como primera encíclica de Benedicto. En este punto, Francisco trae una traducción o explicitación.

Hoevel: Este aspecto es el que más me interpela de Francisco. Sobre todo la idea de que el pobre no puede ser tratado como un mero objeto estadístico, de asistencia social o de limosna individual para calmar la mala conciencia. Desde que él llegó al papado y enfatizó la necesidad de prestar atención al pobre como a una persona concreta exactamente igual a uno, con nombre y apellido, y nos instó incluso a tomar contacto físico con él o ella, se agudizó en mi la percepción evangélica de que Cristo está realmente presente de un modo especial, casi físicamente, en las personas necesitadas que me encuentro en la calle o que vienen a tocar la puerta de mi casa.  El temor a lo desconocido, una posible situación de inseguridad, un sentimiento de gran incomodidad y sobre todo la sensación de que si me abro seré en cierto modo “devorado” por esas personas llenas de necesidades y de reproches explícitos o implícitos, son mis principales obstáculos para tratar de modo realmente personal a los pobres con que me encuentro. Pero estas dificultades, que el Evangelio nos invita a superar, son también las que nos separan de los demás prójimos no- pobres y de Cristo mismo. Por suerte Cristo nos invita suave pero insistentemente a abrirnos desde adentro y desde afuera, aunque siempre también nos resistimos.

 

3. Lo segundo es la justicia.

Espezel: me parece que Francisco reacciona con razón frente a un posible acostumbramiento ante las injusticias. No me queda claro que quede reconocido el acceso a niveles medios de muchos pobres de China, India, Brasil, América del Pacífico, Africa, en estos últimos treinta años. Quizás extrañemos también algún acento en el rol del empresario como dador de trabajo a sus hermanos.

Hoevel: Amartya Sen –que algo sabe sobre situaciones de extrema injusticia social- sostiene que el tema de la justicia no puede ser tratado sólo a partir del sentimiento de indignación moral. Aunque ese sentimiento es un punto de partida importante para no quedarse de brazos cruzados ante injusticias que no pueden ser admitidas, no alcanza para resolver los problemas concretos. En ese sentido, se necesita también apelar a la razón, comprender la racionalidad de los complejos problemas que están detrás las situaciones terribles e indignantes, para no caer en simplificaciones y actitudes voluntaristas o moralistas que pueden generar ideas o sentimientos erróneos en la gente y terminar por agravar las cosas. Las palabras de denuncia de Francisco de situaciones tremendas como la de los inmigrantes en Lampedusa o del terrible derroche de la sociedad consumista al lado de la enorme pobreza que todavía hay en el mundo surgen, en mi opinión, de una indignación justa que sin duda nos ayuda a no permanecer indiferentes. Pero las interpretaciones acerca de las causas de estos fenómenos que nos da Francisco me parecen hasta ahora por lo menos incompletas. Por ejemplo, cuando se refiere al “sistema económico actual” como la causa de los males mencionados creo que cae en una generalidad. ¿Se trata del capitalismo en general, del neoliberal o del financiero? ¿O el problema es la economía de mercado? ¿O se está refiriendo a un tipo de cultura económica consumista que subyace a la economía de mercado pero que no se identifica necesariamente con ésta última? Si comparamos las afirmaciones sobre la economía en un texto como Evangelii Gaudium con los análisis sobre los mismos temas en las Encíclicas Centesimus Annus o Caritas in Veritate se ve, en mi opinión, una enorme diferencia en la elaboración intelectual. De todos modos creo que hay que recordar que Francisco no ha escrito todavía una Encíclica social. Probablemente cuando lo haga podamos comprender mejor el significado específico de sus afirmaciones sobre temas socio-económicos.

Videla: La “opción preferencial por los pobres “es uno de los temas centrales de esta teología. Ya en los 60 se diagnosticaba “que los síntomas que configuran la dependencia son patentes: la pobreza, el hambre, sub alimentación, mortalidad infantil y prematura en los adultos, enfermedades endémicas, escasez de servicios, bajo ingreso del salario etc.; Bajo el aspecto político la proscripción de Perón y el peronismo…en resumen la dependencia se muestra en el sub desarrollo”.

Buscar el camino del desarrollo sería entonces la solución y el avance hacia la ansiada liberación. Pero la Teología del Pueblo responsabiliza como causante y responsable de la dependencia al sistema económico. “Este sistema económico ya no se soporta”, es la expresión que mejor resume una conclusión compartida por la Teología del Pueblo.

En realidad culpar al sistema económico en general del subdesarrollo es erróneo y anacrónico. Los millones de personas que gracias a la globalización y al mercado han superado la extrema pobreza son un claro testimonio de esto. Como bien dice Carlos Hoevel, esta visión negativa del sistema económico se contradice con Centesimus annus y otros documentos.

La otra cara del rechazo a la modernización económica es la apreciación de los valores populares presentes en los barrios villeros. El espacio villero es lo que más ha crecido en los últimos años en la Argentina y hasta se pretende instituir un “día del villero” en homenaje al P. Carlos Mugica.

La obstinación en la propuesta de modelos utópicos, socialistas como el chavismo venezolano o el populismo peronista argentino, estimulan la marginación. Me cuesta entender un proceso de apertura al mundo de la Teología del Pueblo, en temas de moral familiar por ejemplo, con la simultánea insistencia en arcaísmos políticos y económicos.

 

4. Resituar el primado en su lugar religioso y evangélico propio, sin restos cortesanos o políticos.

Espezel: este es un paso importante que continúa lo que llamaríamos la “austeridad montiniana”, y que junto a la reforma de la Curia y su economía (Ior, etc.) ayuda mucho a la credibilidad en la Iglesia, en un mundo donde las monarquías cortesanas han terminado.

Di Ció: A través del capital simbólico de sus gestos, Francisco vuelve convincente la dimensión religiosa del primado. Su mensaje encuentra respaldo en un estilo marcado por la renuncia a la mundanidad. En muchos, creyentes y no creyentes, esa coherencia de vida opera como una suerte de acreditación. Es verdad que Francisco estuvo siempre en las antípodas del estilo principesco, pero pienso que eso no le impide ejercer su inusual genio político.

Hoevel: Hace un tiempo una amiga mía italiana, prestigiosa académica cuyo marido trabaja como experto vaticanista,  me escribía por correo electrónico diciéndome: “me gusta mucho este Papa y también a mi marido: es una persona humana concreta y pienso que esto es una novedad para nuestra Iglesia desde el siglo primero.” Aunque al principio sentí un instintivo orgullo como argentino, luego su comentario me pareció exagerado. ¡Una novedad desde el siglo primero! ¿Acaso no fueron también novedades –en el sentido de modernizaciones del Papado- cada uno a su manera, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II o el mismo Benedicto XVI? Sin embargo, al paso de los meses, me puse a observar con detenimiento en internet algunos videos de Francisco: sus célebres “gestos”, sus encuentros con fieles en la calle, sus actitudes ante los visitantes en el Vaticano y, sobre todo, sus conferencias de prensa con los periodistas en los aviones de regreso de Río y, últimamente, de Tierra Santa. Especialmente en estas últimas me parece que se ve la gran novedad: al hablar con los periodistas Francisco lo hace como si fuera uno más: hay que hacer un enorme esfuerzo para creer que este sacerdote tan práctico, llano y accesible es nada menos que el Papa. Toca sin ningún tipo de problema y con total naturalidad todos los temas, no sólo los elevados sino también los más pedestres y operativos –incluso los referidos a trámites burocráticos y dinero- como lo haría cualquier persona explicándoles tranquilamente su punto de vista a un grupo de colegas en el trabajo o a sus familiares en casa. Si uno compara estos videos con los de Benedicto en idéntica situación, hay un abismo de diferencia. Ratzinger parece siempre abstraído de todo lo terrenal, con la evidente toma de distancia del tímido, dando su clase magistral de teología. De Juan Pablo II no encontré videos en esa situación aunque sí un audio en el que los periodistas lo interrogan pero él, con un tono de voz claramente paternalista, los reta como a niños pequeños. Recordemos que Montini y Roncalli todavía usaban la silla gestatoria y el plural mayestático. Probablemente en lo pastoral, lo profético y en lo intelectual, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron todos excepcionales, pero Francisco es novedad porque, más allá de sus capacidades también excepcionales en lo pastoral y lo político, fundamentalmente representa la idea inaudita de que ha llegado al papado un hombre con quien se puede conversar prácticamente de igual a igual. Esto, que parece tan trivial y sólo relacionado con las formas, es, en mi opinión, lo más revolucionario: desestructura completamente la pompa del Papado y del Vaticano, descoloca fuertemente al duro frente opositor a la Iglesia que hasta la llegada de Francisco parecía imbatible, pero sobre todo seduce implacablemente al espectador global promedio el cual se siente inesperadamente identificado con quien ocupa un cargo considerado hasta ayer a mil años luz de sus preocupaciones cotidianas.

 

5. Llamada de atención a los populismos corruptos, que impiden la política posible eficaz aquí y ahora. Y a su incapacidad de actualización o modernización política, económica, financiera.

Di Ció: Escuchar a Francisco implica confrontarse con una prédica moral vigorosa, sin medias tintas, que sacude conciencias. Tiene razón G. de Cardedal cuando le atribuye rasgos de profeta. Ya en Buenos Aires asumía su ministerio como voz de los que no tiene voz. En relación a Benedicto, más teologal, Francisco se mueve mejor descendiendo al ámbito de la concreción moral (especialmente moral política y moral cotidiana). Teniendo en cuenta los intereses de los medios de comunicación social, al Papa se le abre un desafío: que su prédica no sea percibida en clave excesivamente moralizante, sino que muestre en todo momento la raíz del llamado a la santidad.

Hoevel: González de Cardedal parece dudar sobre la postura de Francisco en torno al populismo. Por un lado, le reconoce haber tomado distancia crítica del populismo kirchnerista durante su actuación como arzobispo de Buenos Aires. Sin embargo, por otro lado, no está seguro si el mensaje de Francisco es un clamor ético y una voz profética -o, en otras palabras, un “grito de libertad” frente a estructuras injustamente opresivas-  fundamentales en la misión de la Iglesia, o si se cae en la confusión populista entre “la función utópica de la religión” y “la función de la política como gestión eficaz.”  Me parece muy sano que en la Iglesia pueda dudarse abiertamente de algunas posiciones del Papa que no atañen directamente a lo dogmático y que esto se tome con naturalidad. Por otra parte, esto parece ser lo que el mismo Francisco nos pide cuando nos dice que “hagamos lío.”

6. Cuidado con aquella pobreza que deja de ser ideal evangélico para convertirse en pauperismo o miseria.

Espezel: relacionado con lo anterior, la corrupción política ha ido de la mano con una manipulación clientelar de la pobreza que la ha cristalizado muchas veces en un núcleo duro sobre el que no hemos hecho avances. La decadencia educativa, de salud, etc. han llevado a una pérdida de la cultura del trabajo, negativa desde el punto de vista antropológico y cristiano.

Di Ció: Se trata de un punto sumamente delicado pero que debe plantearse. Es bueno reflexionar sobre una posible confusión entre pobreza evangélica y pauperismo o miseria. Adhiero plenamente al programa Iglesia pobre para los pobres, pero no hay que dar por sentado que todos entendemos lo mismo. Es más, pienso que todavía nos debemos un diálogo sereno en torno a la propuesta de Francisco. La pobreza se dice de muchas maneras y la perspectiva evangélica no se da automáticamente, sino, como siempre, a través de una pascua (muerte y resurrección). A la luz del Evangelio, que lleva a plenitud la teología de la creación, ¿qué significan nuestras villas miseria (o villas de emergencia)? La santidad de algunos o muchos villeros, no hace de la villa un lugar modélico del Evangelio. Reformulando la pregunta: la miseria ¿favorece o dificulta, concreta o desdice el Evangelio?

Hoevel: Creo que este es el tema central al que apunta el artículo de González de Cardedal. Su interpretación es que el papa Francisco se ubica en la tradición franciscana de la Iglesia la cual, empezando por el mismo San Francisco, brilló siempre por su radicalidad en relación a la pobreza, pero también estuvo marcada por una profunda ambigüedad. De acuerdo a nuestro autor, cuando se quiere vivir el Evangelio de modo literal, “el Evangelio y sólo el Evangelio”, sin pasar suficientemente por la mediación interpretativa de la Iglesia -con la enorme complejidad teológica, intelectual y cultural que esto supone- se puede caer en un “fundamentalismo materialista” o en el “pauperismo” que termina identificando la  fe con el mero hecho exterior del despojamiento material. Esta posible desviación tiene en última instancia, según don Olegario, un origen antropológico, ya que parte de una exaltación exagerada de la dimensión corporal y afectiva de la fe, en detrimento de su dimensión intelectual. “La santidad del corazón y de las manos –escribe nuestro teólogo- es inseparable de la santidad de la inteligencia ya que ambos, corazón e inteligencia, conforman el único hombre real, el que es imagen de Dios.” Detrás de estas líneas parece leerse el temor de don Olegario a que el pontificado de Francisco se agote en gestos de austeridad y simpatía, sin capitalizar la inmensa herencia espiritual e intelectual legada por sus predecesores, privando así a la Iglesia y al mundo de un renovado contacto con las fuentes más profundas, salvíficas y eficaces –tanto desde el punto de vista sobrenatural como humano- de la Revelación.

Mi opinión es que este análisis, formulado en medio de la inmensa ola de popularidad alrededor de Francisco, es sobre todo muy honesto y valiente e incluso en ciertos aspectos acertado. De todos modos, si bien las actitudes de Francisco podrían estar alentando posiciones de un radicalismo pauperista en algunos, me parece que él mismo no está claramente en esta línea. Su fondo es más bien muy tradicional: el de la prioridad absoluta de la dimensión institucional y vertical de la jerarquía de la Iglesia frente a las iniciativas individuales o grupales. Permanentemente responde ante las insinuaciones de los periodistas contra la institución y sus dogmas con la frase “soy un hijo de la Iglesia.” Por otra parte, aunque el Papa no es, evidentemente, un intelectual, tiene siempre como un punto de referencia la cultura, especialmente la literaria, que es la que él más conoce. Se ve claramente en él la marca de su formación en un nacionalismo católico de acento cultural con maestros como Castellani, Marechal, etc. Por lo demás, si bien está influido por la teología del pueblo, está claro que Francisco la incorpora muy a su manera. Pero incluso con respecto a ésta hay que recordar que tiene su marca de origen en el viejo paternalismo popular eclesial –muy acentuado en América Latina por la influencia de las misiones jesuíticas- y no en un franciscanismo anarquista radicalizado.

En definitiva, el riesgo pauperista de Francisco creo que se reduce a acentuar quizás demasiado los aspectos pastorales –en especial la pastoral popular- por sobre los doctrinarios y a simplificar u obviar un tanto excesivamente las complejas cuestiones intelectuales que están detrás de los problemas sociales con un espíritu tal vez exageradamente pragmático. En esto también habría que recordar la posible influencia de la cultura política peronista en el estilo pastoral de Francisco la cual, como se sabe, no tiene nada que ver con el franciscanismo. Otra cosa es lo que este estilo popular, práctico y un poco simplificador pueda estar produciendo en algunos sectores de la Iglesia o de la sociedad que sí están enrolados en un anti-intelectualismo populista y anti-institucionalista radical, pero éste es otro problema.

*

*

Top