Cura Brochero

Mons. Juan Guillermo Durán

 

A partir de unos apuntes que, amablemente, nos facilitara el Pbro. Dr. Juan Guillermo Durán, Miembro de la Academia Nacional de Historia, intentaremos una semblanza del sacerdote recientemente beatificado. Elegimos comenzar por el final, su Testamento, quizás por aquello de que las vidas contempladas desde el final, la muerte, adquieren la nitidez de la peripecia terminada.

Dice su testamento:

Lego mi cuerpo a la tierra, de que fue formado, y mi alma a nuestro Señor Jesucristo, que la redimió con su preciosísima Sangre. Así lo declaro para que conste.    

Que mi cuerpo, una vez convertido en cadáver, sea amortajado con lienzo, y que sea vestido de sacerdote con el alba que me hizo mi hermana Aurora, para que cantara la primera Misa, y con el ornamento que tengo en mi altar portátil. Así lo declaro para que conste. 

Que mis albaceas me hagan hacer, con algún carpintero de esta Villa, un cajón sencillo, para que algo gane con esa obra, y colocado en él mi cadáver sea enterrado en el suelo en cualquier punto de la calle principal de la entrada al cementerio actual. Así lo declaro para que conste. 

Que al día siguiente de mi muerte me hagan hacer con el Cura un entierro mayor  cantado con vigilia y Misa también cantada, y que den al cura ciento cincuenta pesos por esos sufragios… Y que inviten al pueblo para que asista a los sufragios expresados, a fin de que pida a Dios misericordia por mi alma.”

            La pobreza, el desapego y la generosidad fueron características de su vida. Provenía de una familia modesta y, en el mismo testamento que venimos de citar, rescata sus orígenes:

    José Gabriel Brochero…, vecino de esta Villa de Santa Rosa, Pedanía del mismo nombre, Departamento de Río Primero, Provincia y Obispado de Córdoba en la República Argentina, hijo legítimo de los finados Ignacio Brochero y Petrona Dávila, católico apostólico romano. 

     Creyendo y esperando en cuanto cree y espera nuestra santa madre Iglesia, en cuya fe nací, he vivido y protesto morir, defendiéndola y enseñándola con mi palabra y ejemplo. 

Mi señor padre… había soportado tantos sacrificios morales y materiales por toda su familia, hasta llegar a exponer su vida para no dejarse saquear con cuarenta y cuatro gauchos que le salieron en el desierto, que había entonces entre Córdoba y Santa Fe, donde había llevado alguno de los productos que había elaborado ese año, a fin de alimentarnos, educarnos y darnos el ser social que gozamos.

 

Sacerdote diocesano y párroco por muchos años nació, como vimos,  en el seno de una familia rural de posición económica y social discreta. Sus padres, personas profundamente cristianas, crearon el clima de piedad, religiosidad y confianza en la Providencia  en el que creció el niño José Gabriel. Cursó la escuela primaria en su pueblo natal, Santa Rosa del Río Primero y la figura sacerdotal del párroco del lugar, el presbítero Adolfo José Villafañe lo impresionó vivamente. Al punto que, a fines del año 1855, le dijo a su madre: “Madre, yo quiero ser como el Señor Cura”. Nace  así en aquel adolescente cordobés una profunda inclinación a la vocación sacerdotal.

Ingresó al Seminario de Córdoba en 1856, cuando cumplió 16 años, en calidad de pensionista. Era serio, piadoso y aplicado al estudio, y en todos los exámenes aparece con la calificación “plenamente aprobado”.

Al finalizar los estudios eclesiásticos sufrió una fuerte crisis  vocacional. Comenzó a dudar de abrazar el sacerdocio por considerarlo una dignidad muy elevada para él, fruto de un acentuado sentimiento de humildad. Para tomar una decisión consciente, aconsejado por el jesuita Bustamante, resolvió realizar los Ejercicios de San Ignacio. La plática de las ”Dos banderas” impresionó  profundamente su espíritu generoso; y decide consagrar su vida al seguimiento total de Cristo.

En el mes de mayo de 1866, tras haber terminado el curso de teología y derecho canónico, escribe al Obispo: “He examinado nuevamente mi vocación y pensamiento firme en el propósito de consagrarme al servicio de Dios nuestro Señor y de su santa Iglesia, por medio de las órdenes mayores hasta el presbiterado, si Vuestra Señoría Ilustrísima se digna acogerme con benignidad y contarme en el número de los ministros sagrados, deseo dar principio a la recepción de dichas órdenes en el tiempo y forma que Vuestra Señoría Ilustrísima tuviere a bien disponer”.

En esta circunstancia reconoce su origen uno de los aspectos fundamentales de su posterior actividad apostólica. Difundir entre el pueblo fiel, especialmente entre los habitantes del campo y la gente sencilla, la práctica de los ejercicios ignacianos. Años más tarde para cumplir con este propósito de años juveniles, emprende con todas sus energías la construcción de una gran casa para que los habitantes de las sierras pudieran contar con un lugar adecuado y cercano para la práctica  de los ejercicios espirituales.

Párroco de Traslasierra

Pero recordemos primero sus años de trabajo pastoral en Traslasierra. En 1869 fue nombrado párroco del Curato de San Alberto: parroquia inmensa “Traslasierra”, que reunía en su jurisdicción unos 7000 habitantes y una extensión aproximada de 120 kilómetros (norte a sur) por 100 kilómetros (este a oeste). Con las características fundamentales de una parroquia serrana: aislamiento, grandes distancias entre Villa y Villa,  pésimos caminos transitados sólo a lomo de mula, población sumamente dispersa y una feligresía sumida, en muchísimos casos, en la pobreza material, con acentuadas carencias religiosas y morales.

Por otra parte el enorme curato estaba aislado y casi incomunicado con la ciudad de Córdoba. No se contaba ni con telégrafo, ni teléfono, ni correo directo, ni caminos adecuados, de modo que las noticias llegaban con varios días y a veces con semanas de retraso. Pero con el correr de los meses el nuevo Párroco fue cambiando completamente la fisonomía religiosa y moral del curato. ¿Qué medios utilizó? Evangelización intensa: catequesis, ejercicios espirituales, sacramentos. Promoción humana: educación y “civilización” (llevar el progreso al Curato de San Alberto).

En vistas a sus méritos pastorales y a la estatura de su figura sacerdotal, fue nombrado, contra su voluntad, canónigo de la Catedral de Córdoba. Parte con tristeza y bajo obediencia. Al tiempo renuncia para retornar nuevamente a su parroquia serrana. Y al sacarse la muceta (hábito de los canónigos), dijo: “Este apero no es para mi lomo. Ni la mula es para este corral”.

 

Popularidad y características de su apostolado

La personalidad y la figura sacerdotal de este hombre profundamente religioso que vive próximo al altar, sobre el púlpito, en el confesionario, junto a la cabecera de los enfermos, enseñando el catecismo, organizando las tandas de ejercicios espirituales supone una vida apostólica “encarnada” en un medio humano difícil. Porque no es fácil  estar con los hombres y mujeres de Traslasierra, vivir como ellos, y no convertirse en uno de ellos. Es decir, no perder la identidad sacerdotal, es, más bien, un auténtico milagro de la gracia.

Su trabajo apostólico fue un milagro de este género: encarnado, pero no devorado por el medio humano. Vivía encarnado en la vida de sus parroquianos. Hablaba su misma lengua, con las mismas palabras, giros, dichos, comparaciones (“gracejo brocheriano”). Y consiguió con buen éxito transformar la región bajo su cuidado pastoral –fría e indiferente- en una región profundamente cristiana.

Se puede decir que en su tiempo el Cura Brochero fue el hombre más popular y más conocido en Córdoba, provincias vecinas y en buena parte del país. Él tenía acceso tanto al despacho del Presidente de la República (Juárez Celman), como el del gobernador de Córdoba (Ramón J. Cárcano), o a la casa de varios diputados, como también al rancho de la familia más pobre y humilde de la región serrana. Su figura sacerdotal llegó a los lugares más distantes y de difícil acceso de su parroquia. Se preocupó por la suerte de todos, incluso de los bandidos que aterrorizaban a la gente de campo y hasta las mismas fuerzas del orden público, como Santos Guayaba, el “Seco”, el “Sapito” y otros.

Esta popularidad motivó que la misma Villa del Tránsito, lugar donde habitó el beato por largos años, perdiera su auténtico nombre para ser llamada Villa Cura Brochero.

Brochero es el tipo de sacerdote auténticamente “liberador”, verdadero promotor del bien espiritual y material de su feligresía. Él intenta convertir los corazones, y con su conversión desarrollar la virtud de la caridad en su aspecto de generosidad, de servicio; para ello no duda en recorrer a lomo de mula inmensas distancias. Pedir limosnas para construir la casa de ejercicios, la iglesia, la escuela y varias capillas. Abrir nuevas vías de comunicación (camino, ferrocarril). Organizar la construcción de puentes para poder transitar con carros y coches tirados por caballos o mulas, proyectar obras de regadío, etc.

Hombre de Dios 

No contamos con ningún escrito íntimo de Brochero que pueda reflejar directamente su personalidad espiritual. No obstante, se puede tener por cierto que, dentro de la sencillez de su vida, alcanzó a encarnar un ideal sacerdotal signado por la “santidad heroica”. Al respecto, un contemporáneo suyo, escribe en el diario “El Progreso” de Córdoba el 12 de junio de 1877:

El Señor Brochero es el modelo de los curas de campaña, por sus virtudes ejemplares y por su noble desprendimiento y generosidad para trabajar en el cumplimiento de su ministerio, empleando todos los recursos en la fundación de escuelas y en obras de beneficencia de toda clase. Su celo y la virtud evangélica hacen que la enseñanza religiosa se difunda en las masas y que el vicio y la corrupción sean  combatidos por la palabra y el ejemplo del verdadero sacerdote de Jesucristo como es el Señor Brochero.”

La fuente de este agotador dinamismo pastoral fue el amor al Sagrado Corazón de Jesús. Repetía: Yo creo como ustedes que el Sagrado Corazón me ha de pagar los sacrificios que hice en esta región serrana; y los demás que he sembrado por las provincias, según han sido mis intenciones. Brochero no era un afiebrado de la acción. Trabaja bajo el influjo del Sagrado Corazón. Y por un fin sobrenatural.

El corazón de la obra pastoral de Brochero, la  construcción de la Casa de Ejercicios de Villa del Tránsito, se inició el 16 de agosto de 1875, y fue inaugurada en agosto de 1877 con la primera tanda de ejercitantes. Junto a ella también hizo un colegio para niñas y luego otro para varones. Hasta contar con  la Casa de Ejercicios en el mismo curato, Brochero acompañó a muchos de sus feligreses, varones y mujeres, a Córdoba, cruzando en invierno las altas sierras, para que en la casa de los Padres Jesuitas pudieran recibir los beneficios de los  ejercicios ignacianos, fuente permanente de renovación religiosa y moral para las familias de Traslasierra.

El jesuita José María Bustamante, estrecho colaborador de Brochero en este sentido, se encargó de poner de manifiesto el significado de aquella trascendente iniciativa, en carta del 24 de julio de 1881:

Pero el Señor Brochero, que sabe por experiencia cuán grande es la eficacia de los Santos Ejercicios para comunicar la verdadera luz del cielo a las inteligencias y hacer que la gracia triunfe en los corazones más rebeldes,  no vaciló un instante en adoptar esta arma poderosa para la santificación de los encomendados a su cuidado.

Este hombre de Dios humilde y pobre aparece siempre sincero y rectísimo, y recorre infatigable su parroquia con su sotana gastada y con abundantes zurcidos, su sombrero y su poncho, y en sus alforjas, un poco de pan, el evangelio, el breviario, los óleos y los elementos para celebrar la misa, algo de tabaco y papel para fumar, y en tiempos de mucho frío algún poco de caña. Sufrirá mucho frente a las injusticias contra su persona y sus obras; en algunas ocasiones declara ser víctima de incomprensiones y desconfianzas. Pero al momento ofrecerá el generoso perdón.

Su alma sacerdotal y entregada vida de servicio se pone particularmente de manifiesto en la carta que dirigió a su obispo, Reginaldo Toro, el 19 de octubre de 1889, proponiéndole la renuncia a la parroquia del Tránsito en razón de los achaques de salud que se acentuaban:

Ilustrísimo Señor: Yo bien comprendo que la carrera eclesiástica se toma para trabajar en bien de los prójimos hasta el último día de la vida, batallando con los enemigos del alma, como leones que pelean echados cuando parados no pueden hacer la defensa. Pero el miedo que me ha infundido el caballo, a causa de 115 rodadas que he dado hasta la fecha, como 50 antes de ordenarme, y el deseo que tengo que el Curato adelante más y más en lo moral y material, me ponen en la dura, penosa y triste necesidad de abandonar este curato que tanto estimo, por haber gastado en él la primavera y otoño de mi sacerdocio, como que el 5 del entrante mes se cumplen 20 años. 

 

La entrega a los pobres y la hora de la suprema pobreza 

El cuidado de los pobres y desvalidos fue otra de sus preocupaciones constantes y hasta los últimos años de su vida mantuvo viva esta exquisita caridad. En 1911, dispensado por razones de salud de la carga pastoral (el avance de la lepra), fue invitado por su hermana Aurora a vivir en su casa y llegó también para él la hora de la suprema pobreza: la hora del abandono. Brochero pudo decir como Jesús: ¿Padre por qué me has abandonado?

Poseía un temperamento atlético, extrovertido, dinámico, emprendedor. Siempre había trabajado para los demás, era un hombre conocido, estimado, de fama, honrado, cuya influencia se había hecho sentir incluso en las esferas de gobierno, no obstante su rudeza. Pero en los últimos momentos de su vida se siente un hombre abandonado. Y muere en dolorosa soledad ¿Por qué? No por causa de la maldad y del olvido humanos,  pues era muy querido por sus fieles y por aquellos a quienes había beneficiado, sino a raíz de una grave enfermedad que el médico diagnosticó tempranamente como lepra y que contrajo en sus viajes apostólicos por la sierra. En última instancia Brochero muere víctima del celo por las almas.

 

El Ocaso

Su vida transcurre durante los últimos años en una pobreza extrema. Vive recluido en la habitación que le facilitó su hermana Aurora en su casa. Duerme en un catre, sobre una delgada colchoneta y celebra diariamente la Misa votiva de la Santísima Virgen María. Como su hermana cuenta con escasos recursos para socorrerlo, un amigo, Nicolás Castellano, le ofrece una ayuda económica de 131 pesos argentinos, y él no se resuelve a aceptarla. Tiene escrúpulos. Consulta a sus familiares, al vicario, a la superiora de las Esclavas, a otras personas. Todos le aconsejan que acepte la donación. Acepta el dinero y celebra una misa por su amigo.

A medida que transcurre el tiempo los sufrimientos se intensifican, tanto los físicos como los morales. Respecto a estos últimos, tiene que aceptar indiferencias, abandonos y cuestionamientos sobre las obras realizadas. Brochero recuerda estas amarguras en carta a una persona de su confianza. Ciertos amigos íntimos –escribe- me han dado con la espalda, por no decir con las patas.

Paulatinamente pierde la vista, causa de intenso sufrimiento para un hombre dinámico, que se desplazaba de un lugar para otro para poder llegar con su presencia ministerial a todos los que reclamaran su presencia.

En este fragmento de una carta enviada a su  amigo Juan Martín Yáñiz, obispo de Santiago del Estero, el 28 de octubre de 1913, podemos percibir magníficamente su estado de ánimo:

    Recordarás que yo solía decir de mí mismo que iba a ser tan enérgico siempre, como el caballo chesche que se murió galopando; pero jamás tuve presente que Dios nuestro Señor es y era quien vivifica y mortifica, y a unos da las energías físicas y morales a otros las quita… Yo estoy ciego casi al remate, apenas distingo la luz del día y no puedo verme mis manos. A más estoy así sin tacto desde los codos hasta la punta de los dedos y desde las rodillas hasta los pies, y así otra persona tiene que vestirme o prenderme la ropa. La Misa la digo de memoria y es aquella de la Virgen cuyo Evangelio es: Extollens quadam mulier de turba [“Una mujer de la multitud exclamó, feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron…”].    

  Para partir la Hostia consagrada y para poner en medio del corporal la hijuela cuadrada, llamo al ayudante para que me indique que la forma la he tomado bien para que se parta por donde la he señalado y que la hijuela cuadrada esté en el centro del corporal para poderlo doblar. Me cuesta mucho hincarme y muchísimo más el levantarme… Ya vez el estado en que ha quedado el chesche, el enérgico y el brioso.   

  Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la pasiva, quiero decir, que Dios me da la ocupación de buscar mi fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo.

El Cura Brochero que con tantos sacrificios e incluso peligro de su salud y de su vida procuró que sus fieles estuvieran unidos a Jesús en la eucaristía, tuvo también la dicha de recibirlo en su última hora. Contaba 74 años de edad.

 

Pero reconstruyamos en palabras del padre Pío Angulo, discípulo suyo muy querido, quien había ido al departamento de Minas a realizar el traslado de su finado padre, los últimos momentos de la vida de Brochero. Compadecido de su estado se quedó en el Tránsito unos días. Y lo acompañó, como buen hijo y hermano en el sacerdocio, hasta el último día.

El padre Angulo fue hasta Mina Clavero y trajo al practicante Teófilo Meana, quien le aplicó unas inyecciones de alivio al enfermo. Y como testigo ocular escribe:

Que calmado el Señor Brochero de aquellos dolores agudísimos de cerebro, y clareado en su mente, rogó lo confesara y preparara para su cercana muerte. Ya dispuesto, recibió el santo Viático, estando sentado en la cama, de sotana y con las manos juntas al pecho. Sus súplicas a Jesucristo enternecían. Y me quedó grabado en mi espíritu aquella fe viva y tierna del Señor Brochero que, cegado en sus ojos de carne y teniendo en sus manos el Santo Cristo, parecía contemplarlo”. Y al preguntarle el padre Angulo, si se sentía aliviado en su corazón, dio el Señor Brochero expansión a los afectos de su espíritu y repetía con gozo inusitado: “Ahora puestos los aperos, estoy ya listo para el viaje. Lo restante queda en la misericordia de Jesucristo. Sé que el demonio me tenía escrito unos recibos de deudas. Pero con esto Jesucristo le ha roto los papeles y nadie cobra de palabra.”

Luego pasaron tres días. Fue comulgando y rezando rosarios. Hasta que el 26 de enero de 1914 entregó su alma al Señor. Los restos de aquel celoso y buen pastor de Traslasierra fueron sepultados en la capilla de la Casa de Ejercicios, lugar predilecto de su alma sacerdotal. En 1969  fueron exhumados para efectuar  reconocimiento médico del cadáver en orden a iniciar el proceso de beatificación. Por muchos años los restos permanecieron en el mismo lugar, cual preciosas reliquias,  depositados en una urna. Y a principios de agosto de 1994, en el marco de la primera Jornada Nacional de Sacerdotes,  fueron trasladados a la Iglesia Parroquial, contigua a la Casa de Ejercicios, donde reciben la veneración de los fieles y de todos los que admiran su extraordinaria obra pastoral.

   A la espera de su beatificación rezábamos juntos esta oración con la cual pedíamos a Dios esa inmensa gracia para toda la Iglesia en la Argentina:

    “Oh Señor de quien procede todo don perfecto, que pusiste a José Gabriel como pastor y guía de una porción de tu Iglesia, y lo hiciste ejemplo por su celo misionero, su predicación evangélica y su vida pobre y entregada, te suplicamos completar tu obra, glorificando a tu siervo con la corona de los santos. Amén”.

Ahora, damos Gracias a Dios.

 

One Comment;

  1. mercedes said:

    Gracias por el articulo , no hace más que engrandecer la figura de un gran hombre de Dios , ejemplo a seguir de toda la Iglesia !!

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